Reproducimos la crítica del concierto que ofrecieron Giant Sand hace unos días en el Loco Club de Valencia, tal y como ha sido publicada en la Cartelera Turia. Las fotos son de María Carbonell.

Adiós deslucido

Howe Gelb, en un momento de su concierto al frente de Giant Sand en el Loco Club (Foto: María Carbonell)

Sí, pero no. Lo de Giant Sand remozando sus dos primeros discos hizo muchas aguas en su traducción al directo, porque ni la banda que acompaña a Howe Gelb da la talla ni la escasa hora que estuvieron subidos al escenario justifica que esto se nos venda como el tour de despedida de una marca que, tras más de tres décadas de trayectoria impecable, con el aval de haberse convertido en heraldos del sonido americana antes de que absolutamente nadie hablase de americana, merecía mejor cierre de telón.

No es agradable decirlo, ya que si algo ha distinguido siempre a Howe Gelb es su nula autocomplacencia: baste recordar visitas tan imborrables como la que nos deparó en el Greenspace en 2006 con un coro de gospel o la de La Rambleta en 2014, ambas solo a su nombre. Quizá si hubiéramos tenido la ocasión de cotejar su actuación con sus prestaciones sobre cualquier escenario en los ochenta o los primeros noventa, nos inclinaríamos por un veredicto menos severo. Pero traerse a parte de su familia de gira – su hija Patsy y su compañero creativo, Christian Blunda, teloneros como Touchy, insulsa réplica de Beach House – como integrantes de una banda de circunstancias, en la que tan solo el batería Tommy Larkins (también compañero habitual de Jonathan Richman desde hace siglos) y la guitarrista Annie Dolan justifican su presencia como integrantes de la grabación original de sus dos primeros discos (el primero de ellos) o de sus recientes reinterpretaciones (la segunda), derivó en una versión muy deslucida de Giant Sand. Y mejor ni mentar a Joey Burns y John Convertino, claro.

Lo que en Lloyd Cole, Peter Perrett o Jeff Tweedy es hacer de la necesidad virtud (todos ellos han girado con sus retoños con excelente saldo), en Howe Gelb resultó un concierto rácano en el que tan solo algunos momentos – la versión del “You Can’t Put Your Arms Around a Memory” de Johnny Thunders, rescatada por partida doble, o una electrizante “Thin Line Man” – avivaron la chispa de un discurso que administró en exceso el alto voltaje sin domesticar que marcó sus dos primeras grabaciones largas (Valley of Rain, de 1985, y Ballad of a Thin Line Man, de 1986) , ahora convenientemente revisitadas. Fue un bolo desigual, algo deslavazado. Una noche de momentos puntuales, y eso es poco para lo mucho que se puede esperar de Howe Gelb y la enseña que enarbola.

Carlos Pérez de Ziriza.

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