Esta es la crítica del concierto que Alberto Montero ofreció hace unos días en la sala Russafa presentando su álbum El desencanto (2020), tal y como ha sido publicado en las páginas de la Cartelera Turia. La fotos son de Susana Godoy.

Presentación al ralentí

El pop según Alberto Montero no es el pop según el común de los mortales. Sí, El desencanto, su más reciente disco (nada que ver con la película de Jaime Chávarri, al menos no directamente: su desazón tiene más que ver con la actual ruindad política y la hiperdependencia de las redes sociales), se distancia del sesgo conceptual de aquel alambicado salto mortal que fue La catedral sumergida (2018). Pero los escorzos melódicos que plantea, incluso aunque afloren en composiciones de poco más de tres minutos, siempre tienen un algo – lejano parentesco con el progresivo, con cierta psicodelia, con requiebros medievalistas al estilo del último Pigmy o algún toque laietano; o puede que todo eso no sean más que delirios de quien firma esto – que hacen que el pop sea para él algo muy distinto a lo que entendemos por música popular de deglución rápida. No es algo peyorativo, al contrario: incluso discos como este admiten decenas de lecturas sucesivas sin agotarse. Al fin y al cabo, hablamos de uno de los mejores trabajos facturados este año en la Comunitat Valenciana, aunque no goce del aval de ningún premio institucional. Tampoco lo necesita.

Su presentación en la sala Russafa respondió al patrón de conciertos post pandémicos: músculos agarrotados al principio, corrección formal pero cierto miedo al error, como esos equipos de fútbol que salen a empatar y solo reaccionan cuando empieza a ser demasiado tarde. ¿Fue un mal bolo? Ni muchísimo menos. Pero todos, público incluido, acusamos la falta de rodaje. Cuando la temperatura ambiente alcanza ya su punto óptimo, se acerca la hora de plegar velas. Y eso que la secuenciación del repertorio del músico de Port de Sagunt, muy bien secundado por el bajo de Xavi Muñoz, el teclado de Gilberto Aubán, la batería de Luis Torregrosa y – sobre todo – las precisas líneas de guitarra de Román Gil, fue de lo más eficaz: inicio con “Mira”, “No sé” y otros puntales de su nuevo disco, ecuador con temas más entrados en años como “En el camino”, “Flor de naranjo” o “Cuando el aire resuena”, mezclando muy bien con una “Le Soleil” en la que intentó reemplazar a la irreemplazable Laetitia Sadier, recta final con el material reciente más hercúleo (“Lluvia” o “Mientras cae la oscuridad” echaron chispas) y bis con protagonismo especial para la delicada nana que es “Canción para Ariadna” (porque siempre hay una luz al final del túnel) y esa “Madera muerta” que – esta sí – hubiera sido un hit pop en un mundo perfecto. Y su espléndida voz, por supuesto, más dúctil que nunca y rotunda (ella sí) desde el minuto cero. E incluso luego, cuando dijo estar quedándose afónico.

Ojalá que este concierto sea solo el primero de muchos para él en los próximos meses.

Publicado por ziriza73

Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Música Dispersa y GQ España. Colaboro en À Punt. Escribo libros sobre música pop.

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