Esta es la crítica del concierto que ofrecieron Maria Arnal i Marcel Bagés en La Rambleta de València, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia.

Por el caminito de perlas

Los rigores del puñetero bicho son como un témpano de hielo que ni el más ardiente fragor escénico puede agrietar. No importa el ardor que los músicos le echen: hay que estar muy ciego para no captar la inconsecuencia de unas tablas que crujen bajo las suelas de unos músicos que también bailan, y por contrapartida, las siluetas como de hormigón de medio millar de espectadores que parecen estatuas de sal amordazadas. Algo falla cuando emisor y receptor no se miran cara a cara en igualdad de condiciones, por mucho que el modelo comunicativo de Shannon y Weaver no tuviera en cuenta ese detalle. En fin, es lo que hay, a la espera de tiempos mejores. Un poquito incómodo, como dijo la niña, pero mucho mejor que morirse. Seguro. Eso siempre.

Dicho esto, la actual puesta en escena de Arnal i Bagés – ya la pudimos ver a su paso por el Trovam! de Castellón – es tan novedosa como distante se intuye que va a ser aún la acogida a piezas recién salidas del horno como “Meteorit ferit”, “Fiera de mí”, “Milagro” o “Gran silencio”, cuya capacidad de prender la platea aún está lejos de “Canción total”, “Tú que vienes a rondarme” o “La gent”. Y es lógico.  Ahora son dos los hombres, escorados a ambos lados: Marcel Bagés con su cacharrería electrónica, y frente a él el productor y guitarrista David Soler. Y tres las mujeres, ocupando plano central, Maria Arnal y las dos integrantes de Tarta Relena, todas vestidas como vestales y descalzas, de blanco impoluto, complementándose a las voces y multiplicando con sus ágiles (pero a la vez discretos) movimientos el vigor coreográfico del espectáculo. Las tramas electrónicas ganan protagonismo (resulta inevitable no recordar a Björk), y la síntesis de tradición y vanguardia da un nuevo paso adelante merced a un material que, como si hubiera sintonizado con la que nos iba a caer, saca lustre a la idea de que todos tenemos sobrada capacidad para mutar y adaptarnos al medio. Se corrigió, por cierto, el detalle de unos potentes focos, casi en plano nadir, que en Castellón amenazaron con mandar a medio anfiteatro al oculista. El directo tendrá tiempo de crecer aún más a medida que se foguee conforme se acerca la publicación de su esperadísimo segundo disco, seguro.

Carlos Pérez de Ziriza.

Publicado por ziriza73

Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Música Dispersa y GQ España. Colaboro en À Punt. Escribo libros sobre música pop.

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