Gener, Sinisterra y la mala rumorología: dicen los síntomas

Gener: en la hora del adiós.

Gener se separan. No es noticia, lo anunciaron antes incluso de que su cuarto y extraordinario álbum, Esto no es un disco de Gener (27 Ladridos, 2021), viera la luz. Pero es triste que ocurra. Nunca me cansaré de decir que su irrupción fue lo mejor que le había pasado al pop en València en muchísimo tiempo. Lo tenían todo: la disposición, la profesionalidad, la imagen, el concepto, el carisma y, sobre todo, lo más importante: las canciones. Enormes. Y un directo escandalosamente bueno. De otra liga. Manejaron el blues, el pop, el soul, la psicodelia y – últimamente – hasta la cumbia o el bolero, a su pleno antojo. Y justo cuando se habían pasado al castellano (algo que nunca imaginé, y que les aventuraba mayor proyección), los rigores de la pandemia se distendían y su nueva remesa confirmaba que el agotamiento creativo no era ni una posibilidad remota, lo dejan. Seguro que las razones para la disolución son múltiples. Gener han decidido no conceder entrevistas, y en su pleno derecho están. Es muy posible que Carles Chiner me cuente algo, ya a título personal. Pero el suyo es un disco nonato para el directo y para la promoción tal y como la entendemos tradicionalmente. Y puede que tampoco importe demasiado. Porque, de una forma o de otra, volverán a hacer música. Juntos o por separado. Seguro. La cabra tira al monte. Pero uno se pregunta si, más allá de factores internos, hubieran partido peras de haber medrado en un ecosistema creativo algo más acogedor. Hace décadas que Mick Jagger y Keith Richards no necesitan dirigirse la palabra para mantener a flote su marca. Son decenas las bandas españolas cuyos miembros tampoco necesitan llevarse como una familia ejemplar ni bien avenida – ni muchísimo menos – para que sus proyectos creativos sean también su principal medio de vida. Resuena otra vez en mi cabeza el lucidísimo speech de Chiner en los Premis Carles Santos de 2019. Lo de las alas, el paracaídas y el precipicio. Lo de la escena musical en condiciones.

El de Gener es un disco nonato para el directo y la promoción tal y como la hemos entendido tradicionalmente.

Hace unos días falleció Salva Sinisterra. A los 65 años. De forma repentina. Un ictus de esos que las crónicas calificarían como fulminantes, mientras estaba en casa. Fue el promotor que trajo a València a Van Morrison, Alice Cooper, Elvis Costello, Gary Moore o Raimundo Amador, entre muchísimos otros. Siempre le dolió, por cierto, el pinchazo de Costello en un Palacio de Congresos (2005) que ni de lejos se llenó. Si no tuviéramos redes sociales, es posible que aún no lo supiéramos. Que no supiéramos que falleció, quiero decir. Yo me enteré por Mat Sena, hijo de Pepe Sena, quien fuera histórico técnico de sonido de la ciudad (él, Mat, también lo es, además de manager de algunos músicos) y persona de relevancia desde la misma quinta que Salva. Mat compartió una foto de ambos en su muro de facebook porque los dos han fallecido con apenas semanas de diferencia. La noticia de su muerte es prácticamente ilocalizable en nuestros medios. Me consta que Salva no caía bien a todo el mundo. Que sus formas no eran del agrado de todos. Que incluso había algún músico que le acusaba de deberle algún caché. Es el mundo de los promotores. De todo hay. Cero sorpresas. Pero aunque las comparaciones sean odiosas, algo me dice que si hubiera nacido y trabajado en Barcelona, tendría ya no solo varias necrológicas poniendo en valor su tarea durante décadas – tan pionera cuando en los años setenta estaba todo por hacer –, sino que incluso podría ser protagonista de un documental. Tal cual. Yo mismo le entrevisté hace casi tres años ante una cámara, durante media hora larga. Mantuvimos aquella charla como parte de un proyecto audiovisual que pretendía contar la historia de los promotores de la música en directo en València en las últimas décadas (esos imprescindibles hombres en la sombra, nunca suficientemente ponderados), un esbozo de documental que no llegó a cubrir ni su primer tramo porque no encontró financiación. Un clásico. Quizá era cuestión de llamar a las puertas adecuadas. Aunque en esta ciudad a veces eso suponga un paseo a oscuras por la casa magnética del parque de atracciones. Y con un chupito de más.

Salva Sinisterra fue el promotor que trajo a València a Van Morrison, Alice Cooper o Elvis Costello, entre muchísimos otros.

Me entero, por diversas fuentes, de que hay alguien que trata de que impere el vacío mediático local sobre un músico valenciano por su conducta en el ámbito privado. Conducta que no le atañe directamente. Como hay quien me pregunta, leo y trato de enterarme. Tampoco cuesta indagar mucho. Y me parece todo muy triste. Si el mundo del rock hubiera pedido certificados de comportamiento moralmente ejemplar desde su noche de los tiempos, allá por los años cincuenta del siglo pasado, no hubiera quedado en pie ni el apuntador. La experiencia y la historia nos recomiendan, además, guardarnos mucho de los cancerberos de la moral: generalmente acaban siendo los menos indicados para dar lecciones. Y la justicia la dicta, al fin y al cabo, quien está cualificado para dictarla. Me enternece comprobar que en la pequeña aldea mental de esa tercera persona que promueve esa especie de boicot – ni sé quién es ni me importa ya: a esa gente es mejor tenerla siempre lejos de tu vida – no se contemple que ya son más de una decena los medios de ámbito estatal, incluso foráneo, los que se están haciendo eco de las nuevas canciones del músico. Es como tratar de matar moscas a cañonazos. Intentar poner puertas al campo. Querer envasar el mar mediterráneo – o la Albufera, ya que estamos – en un vaso de agua. Pensar que el mundo empieza en Mislata y termina en La Punta.

Es lo que dicen los síntomas, que diría Bárbara Blasco, a quien le hemos vilmente tomado prestado el título de su última (y fantástica) novela. Tres síntomas, en concreto. Uno por párrafo. Nunca me cansaré tampoco de decir que una de las mejores decisiones que mi padre tomó nunca en su vida fue decidir, cuando yo solo contaba siete años, que toda la familia nos mudáramos de Madrid a València. En calidad de vida, no hay color. En eso que podemos llamar joie de vivre, si nos ponemos pedantes, tampoco. En calidad humana, no me atrevería a decir nada: en ambos lugares hay indeseables y gente extraordinaria. Como en todas partes. Aquí hay talento y creatividad a patadas. Ni se duda. Dicho esto, seguramente no sea el mejor lugar – y posiblemente me dirán lo mismo desde Albacete, Oviedo o Pamplona: todo depende de la magnitud del rasero – para alguien que quiera vivir de esa cultura que no depende del postureo, de las relaciones públicas, de los likes, de los selfies y de esa indescifrable virtud que siempre hemos asociado con estar en el lugar preciso y en el momento adecuado. O al menos para alguien que aspire simplemente a que su trabajo, desde cualquier ingrata trinchera cultural mejor o peor pagada, obtenga un reconocimiento acorde con su valía.

Carlos Pérez de Ziriza.

Publicado por ziriza73

Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Música Dispersa y GQ España. Colaboro en À Punt. Escribo libros sobre música pop.

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