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Esta es mi crítica del concierto que ofrecieron Metronomy hace un par de semanas en la sala Moon de València, tal y como se ha publicado en la Cartelera Turia. Fotos de María Carbonell.

Mañana no existe

Me decía el líder de Metronomy, Joe Mount, unos días antes de este concierto, que le gustaban mucho los yanquis Big Thief porque acercaban el sonido americana del pasado siglo a una sensibilidad muy actual, muy de este. Y me acordé viéndoles porque creo que ellos mismos, Metronomy, son también una banda de pop electrónico que no suena a los años ochenta, y eso ya es un logro en sí mismo. Suenan siempre al siglo XXI. Me parece una reflexión pertinente cuando vivimos un momento en el que, de tan mediados como estamos por la tecnología, el streaming, las facilidades de producción doméstica y las redes sociales, si algo parece tremendamente elástico (como sus propias canciones) es el tiempo: su visita a Moon llegaba casi quince años después del que había sido su único concierto en València, teloneando a Bloc Party en el extinto Greenspace ante muy poca gente (fue en 2007), y justo dos años después (y en la misma sala) que el último gran bolo internacional que pudimos ver inocentemente por aquí antes del primer confinamiento, el de Nada Surf un cuatro de marzo de 2020. Ambos, el de 2007 y 2020, parecen momentos muy lejanos ya, aunque les separen una pila de años. Pero ni Metronomy han cambiado ni – creo – tampoco nosotros. O no demasiado.

Metronomy, identidad sonora y visual (Foto: María Carbonell).

Sí, ellos también se han hecho mayores. Han tenido hijos. Disfrutaron del encierro doméstico en el placentero confort de quien ni es adolescente ni tampoco anciano, y además tiene un porvenir más o menos apacible. Sin angustias. Pero se dejaron casi todo el material pandémico, entre comillas (creo recordar que solo sonaron cuatro cortes de su reciente Small World, precisamente los más jaraneros), en el tintero. Porque saben qué es lo que su parroquia estaba (estábamos) esperando. La cañita brava. La canela fina. El cancaneo rumboso. El baile desatado, vaya. Se notó enseguida: abrieron con “Love Factory” pero pasaron en un tris a “The Bay” y “Corinne”, ambas de su insuperable The English Riviera (2011), el disco que instaló su música en la sesera de miles de españolitos festivaleros a lo largo de la última década. Y ya no bajaron de la nube. Y ni les cuento cuando sonaron “Salted Caramel Ice Cream” o, sobre todo, “The Look”. La locura. Como si hubiéramos acabado de salir de una pandemia mundial y alguien nos hubiera amenazado con pulsar el botón nuclear. Como para atrapar el momento y no dejarlo escapar, ¿no? Y lo hicieron, además, con su habitual derroche de clase y elegancia. Algo que, unido al estimulante meneo al que nos sometió la jovencísima bristoliana Grove como telonera, luciendo orgullo de su ciudad (por algo fue la cuna del trip hop, uno de los principales puertos británicos del dub y epicentro del drum’n’bass junto a Londres), hizo que nadie reparase en que lo de Metronomy duró poco más de una hora y cuarto. Suficiente para salir con la sonrisa puesta y las endorfinas echando humo. Qué forma de recuperar sensaciones, que dicen los futbolistas cuando salen de una lesión o vuelven a ganar un partido tras meses de sequía. La gloria.

Carlos Pérez de Ziriza.

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Publicado por ziriza73

Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Rockdelux, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Plaza, Lletraferit, Música Dispersa y GQ España. Colaboro en À Punt. Coordino mussica.info. Escribo libros sobre música pop.

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