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Así es como vimos el último concierto de The Dream Syndicate en el Loco Club de Valencia, tal y como ha reproducido la Cartelera Turia. Fotos de María Carbonell

Leyendas

Hubo en momento en el concierto de los Dream Syndicate en el que un servidor casi levita: cuando empalmaron los más de diez minutos de “How Did I Find Myself Here?” con los cerca de seis de “Glide”. La primera tiene toda la fiereza rock rejuvenecida del disco al que dio título en 2017, en combinación con el calado de jam psicodélica gloriosamente pasada de vueltas del magistral The Universe Inside (2020), álbum al que no pertenece y del que tampoco necesitan recuperar nada en directo porque permea al resto de su discografía posterior; la segunda tiene esa aura de pieza etérea y lisérgica, flotante, que le eleva a uno en vuelo rasante unos cuantos palmos del suelo. Pura sinestesia cuando la mediana edad abotarga el resto de los sentidos: algo que solo ocurre con la mejor música. El momento irradió una magia especial, y por sí solo sustanciaba lo necesario de una vuelta como la de los californianos: sonará a herejía, pero esta segunda etapa del cuarteto comandado por un Steve Wynn en estado permanente de gracia (hasta en lo estético: no se quitó una chaqueta que milagrosamente no mostraba mancha alguna de sudor, no debe ser humano) es no solo igual de prolífica que su seminal trayecto en los ochenta, sino incluso superior en inspiración. Ocurrió justo al final de la primera parte del bolo, centrada en sus últimos cuatro discos. Aún quedaba la mitad y nos pellizcábamos.

Jason Victor, inconmensurable (Foto: María Carbonell)

Fue un festín descomunal, porque la segunda ya se centraba en el rescate de su debut, The Days Of Wine And Roses (1982), por su cuarenta aniversario, y aquello ya multiplicó decibelios, ritmo, ardor y aridez, como si el disco lo hubieran grabado anteayer, de tan vivaz que atronó. La forma en la que sonaron “Tell Me When It’s Over”, “Halloween”, “That’s What You Always Say” o su tema titular, con un inconmensurable Jason Victor en abierto e intermitente diálogo con las seis cuerdas de Wynn, como si fueran unos Neil Young & Crazy Horse de club nocturno, acreditaron la eterna estampa de una banda homérica, que es leyenda del rock (de cualquier clase de rock) de las últimas cuatro décadas, y que se desquitó del mal sabor de boca que les dejó su concierto en la misma sala hace tres años, ya sin Chris Cacavas al teclado pero con los siempre eficientes Mark Walton al bajo y Denis Duck a la batería. Juraría que es el mejor concierto de los seis que le he visto a Steve Wynn, con el sindicato del sueño o con cualquiera de sus proyectos o alianzas. A sus 62 añazos, nada menos. Nunca lo hubiera imaginado.

Victor & Wynn: saltan chispas.

Carlos Pérez de Ziriza.

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Publicado por ziriza73

Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Rockdelux, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Plaza, Lletraferit, Música Dispersa y GQ España. Colaboro en À Punt. Coordino mussica.info. Escribo libros sobre música pop.

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