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Los australianos Tropical Fuck Storm pasaron por varias ciudades españolas como un ciclón. Así es como vi su concierto en el Loco Club de València. Fotos de María Carbonell.

Titanes

Es físico. Lo suyo va de vísceras. De estómago. Lo sientes y te remueve por dentro. Y si no es así, es que no lo sientes en absoluto. Una batería que es como la máquina de huesos a la que cantaban Pixies o Tom Waits. Una faena de demolición. Una trituradora de impulso tribal. Un bajo musculoso, hercúleo y sexy. Que irradia groove. Sangre y sudor, sin lágrimas. Guitarras tan afiladas que cortan como un cuchillo de acero japonés. Voces enfebrecidas, con un enorme Gareth Liddiard espléndidamente secundado por Fiona Kitschin y Erica Dunn, mitad odaliscas y mitad dominatrix, evocando a unos The B-52’s cruzados con The Birthday Party. Una música sucia, sexy, atávica, reptante, insinuante, oscura. Un bendito agujero negro en el que perderse. Un fantástico modo de pasar un domingo por la tarde y dar carpetazo a la semana. Una barbaridad de concierto. Con dos instantes (final del set y final del bis: “Paradise” y “Two Afternoons”) que sonaron como debe hacerlo una buena mascletà –sin auriculares– en su infernal epicentro. Locura colectiva en un Loco Club que no está acostumbrado al pogo descontrolado.

Gareth Liddiard, en pleno aquelarre (Foto: María Carbonell)

Dos puntos (puntazos) muy a favor: entrega máxima en casi hora y media, y sin rastro de linealidad. Los australianos Tropical Fuck Storm, tres álbumes en el zurrón, dominan al menos tres o cuatro registros. La contagiosa esquizofrenia de “The Future Of History” seduce igual que la lunática parsimonia de “Legal Ghost”. El meneo al “Stayin’ Alive” de los Bee Gees igual que el pantanoso, febril fango de “You Let My Tyres Down”. Quizá porque todas, en el fondo, van de lo mismo: de la atávica pulsión sexual del viejo rock como salvación última. Y de cantarle a este viciado mundo con el mismo arrojo que los esclavos negros que electrificaron el blues en Chicago hace bastante más de medio siglo, solo que cambiando aquel via crucis por el acomodado (en comparación) subrayado de una sociedad tan paranoide y podrida como la que nos acoge. Nuevas letras para nuevos contextos, pero la misma ancestral necesidad de dar por el saco al sinsentido, en una sala que quintuplicaba (aproximada y afortunadamente) la asistencia a aquel set de unos The Drones (anterior encarnación de Liddiard y Kitschin) que en la 16 Toneladas un jueves noche de hace casi siete años plantaron cara al desangelado panorama. Si alguien salió de este bolo sin la sangre hirviendo, es que en su lugar tiene horchata. No me explico cómo Tropical Fuck Storm no mueren de intensidad. Fue uno de los conciertos del año en la ciudad. Sin duda.

Carlos Pérez de Ziriza.

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Publicado por ziriza73

Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Rockdelux, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Plaza, Lletraferit, Música Dispersa y GQ España. Colaboro en À Punt. Coordino mussica.info. Escribo libros sobre música pop.

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