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My First Blog Post

Este es mi blog. Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Música Dispersa y GQ. Colaboro en À Punt. Escribo libros sobre música. ¿Qué más puedo decir?

Be yourself; Everyone else is already taken.

— Oscar Wilde.

This is the first post on my new blog. I’m just getting this new blog going, so stay tuned for more. Subscribe below to get notified when I post new updates.

Hinds – Truenorayo Fest

Estuvimos en la segunda jornada del Truenorayo Fest 2020, y así es como lo contamos en Cartelera Turia. Las fotos son de Chorch Fotos.

Dignidad vs adversidad

Había una imagen que uno, hace unas semanas, observaba con cierta lástima, con esa sensación que media entre la ternura y el patetismo, pero ahora la contempla con ojos algo distintos: la dignidad de quienes defienden su derecho a seguir disfrutando de la música, contra viento y marea, poniéndose en pie y bailando porque el directo genera ese intercambio de energía – entre quienes pisan las tablas y quienes están enfrente – que no se cambia por millones de retransmisiones en streaming. Es insustituible. Y porque, qué carajo, la música pop y rock también es cultura, y sonroja tener que recordarlo a sesenta años vista del brote de tan bendito sarpullido juvenil, esencial para entender el siglo XX y lo que llevamos de este. La estampa de un buen puñado de personas solas, distanciadas entre ellas por varios metros y varias butacas, puestas en pie y moviéndose electrizadas al ritmo de las canciones de las madrileñas Hinds, era esa imagen. El derecho, casi la obligación, a no dejarse hundir por el desánimo que nos amenaza a la vuelta de casi todas las esquinas.

Ade Martín y Carlotta Cossials, en el tramo final de la actuación de Hinds en València.

El Truenorayo Fest celebró una séptima edición tan de circunstancias como cualquiera de las citas en directo que salpican nuestra diezmada agenda, pero su tesón hizo que la sensación de normalidad no estuviera tan lejos. Un coloquio, la proyección de un documental y la instalación de un mural (el festival siempre ha sido interdisciplinar, una ventana abierta a la reflexión creativa), así como la posibilidad – algo es algo – de que en los tiempos muertos entre concierto y concierto hubiera sets de DJs en el patio de La Mutant, hicieron que el ambiente fuera menos desangelado que el que imperó dos semanas antes en el mismo lugar con el Pops Marítims. Tímidos avances que, tal y como están las cosas, son inapelables victorias.

Flores y guitarrazos. Carlotta Cossials (primer plano) y Amber Grimbergen (al fondo) durante su concierto en el Truenorayo Fest.

El concierto de Hinds abundó en esa sensación de resistencia ante la adversidad más inoportuna: tuvieron que recurrir a un guitarrista de urgencia para suplir la baja de última hora de Ana García Perrote, y tras ensayar con él durante todo el día, solventaron un concierto efervescente, entregado, vitamínico, con el que refrendar que tras su estupendo The Prettiest Curse (2020) han ampliado registros y son mucho más que ese cuarteto de indie rock destartalado – por mucho que sigan tocando “Davey Crockett”, de Thee Headcoatees, y hasta “Spanish Bombs”, de The Clash – sobre cuya  solvencia técnica algunos echaban fuego por las muelas. Han crecido una enormidad. Enhebraron la conexión con el público más directa de una segunda jornada (a la primera no pudimos acudir) en la que también destacaron el indie rock cavernoso, abrupto y, por momentos volcánico, de las Pinpilinpussies, power duo catalán que es capaz de modular su intensidad con una diversidad mucho mayor de lo que parece a primera vista (que ambas se intercambien a la batería y guitarra influye lo suyo); el desparpajo contagioso de la madrileñas Ginebras, irreverente combinación del encanto de la herencia de los girl groups de los sesenta con el pop candoroso de la escuela Elefant; y el folk rock de los conquenses Fizzy Soup, que ha ganado cuerpo desde que servidor les descubrió como dúo en el Big Up! de Murcia en 2016, pero también ha derivado en algunos devaneos épicos que – confieso –  no son tan de mi agrado.

El año que viene, más. Y crucemos los dedos porque sea en condiciones más holgadas.

Carlos Pérez de Ziriza.

Retrovisor: Bohannon

Secundario de lujo de la música disco

Reproducimos el artículo que dedicamos a Hamilton Bohannon en la sección Retrovisor del número de junio de la revista Mondosonoro.

Origen: Newman, Georgia (Estados Unidos), 1964 – 1990

Fue uno de tantos actores secundarios del estallido disco, aunque es de ley recordar que su música iba mucho más allá, tanto como precursor del género como también – faceta esta menos conocida – como ingrediente fundamental en las bacanales rítmicas que, desde las discotecas de Chicago, removieron las aguas de la pila bautismal del house a mitad de los ochenta. No lo tuvo fácil para hacerse un hueco preeminente: sus primeros álbumes vieron la luz en un periodo copado por obras maestras de la música negra (Marvin Gaye, Curtis Mayfield, Stevie Wonder), en el primer tramo de los setenta, y la propuesta de Hamilton Bohannon tenía además siempre un componente de raíz muy marcado, más propenso a la agitación febril – irresistible, eso sí – que al estribillo memorable. Algo perfectamente lógico, teniendo en cuenta que se había curtido como batería desde 1964 en la banda de directo de Stevie Wonder, cuando este aún era Little Stevie y apenas contaba 13 años. Era previsible, pues, que el ritmo sería el condimento esencial de su discurso: repleto de funk, groove y una sensualidad cruda y frondosa, sin amaneramiento alguno, sin la sofisticación mullida del disco lounge pregonado por Barry White o Isaac Hayes. Credenciales, por cierto, que también le garantizarían mayor repercusión en Reino Unido – donde siempre cotizó al alza la negritud sin conservantes ni colorantes – que en su propio país.

Nacido en Georgia, el joven Bohannon (siempre tuvo a bien primar su apellido por aquello de honrar a su familia) se mudó a Detroit a mediados de los sesenta para hacerse un hueco en la Motown como instrumentista al servicio de Marvin Gaye, Smokey Robinson, The Four Tops o The Temptations. Cuando Berry Gordy decidió trasladar la discográfica a Los Angeles, en 1972, él decide quedarse en Detroit, monta su propia banda, The Fabulous Counts (en la que militan Dennis Coffey y Ray Parker Jr) y es cuando emprende una carrera en solitario cuyos estupendos seis primeros álbumes edita el sello Dakar. Destacan entre ellos Stop & Go (Dakar, 1972), Keep On Dancin’ (Dakar, 1973), con delicias downtempo como “Have a Good Day” – que prueban que su versatilidad va más allá del remolino rítmico – o Bohannon (Daker, 1975), en la que destaca la definitoria “Bohannon’s Beat (Part 1)”, uno de tantos temas que facturaría con su nombre como seña distintiva, junto a baladones en medio de tanto stomper como “Gentle Breeze” o “Think Of Me”.  

Cuando el fenómeno disco corre como la pólvora por todo el planeta, sus discos cobran algo más de visibilidad. Es lo que ocurre con Dance Your Ass Off (1976), Gittin’ Off (1976) y, sobre todo, con Summertime Groove (1978), este último ya editado en Mercury. De este último se extrajo la contagiosa “Let’s Start The Dance”, una canción que, junto a “Coming On Strong” (1978), su dueto con Caroline Crawford, acabarían convirtiéndose unos años más tarde casi en himnos en clubes de Chicago como el Warehouse o el Music Box, en los que Frankie Knuckles y Ron Hardy – respectivamente – las pinchaban de forma habitual. De esta forma, al igual que ocurriría con otras canciones de versos libres de la disco music, como el “I Need You” (1980) de Sylvester e incluso el “High Energy” (1984) de Evelyn Thomas, la música de Bohannon formó parte de la simiente del house.

Su discografía se fue diluyendo hasta su último trabajo, el flojo Here Comes Bohannon (1989). Pero para entonces ya era carne de sampler: Public Enemy, Ultramagnetic MCs, Jay-Z, Mary J Blige, Pete Rock, Jungle Brothers, Mr. Oizo o Justin Timberlake parchearían su música con fragmentos de sus canciones, mientras él ya vivía retirado de los focos, viviendo de sus derechos de autor y convertido en un ferviente devoto cristiano, al igual que Donna Summer. Tan solo el éxito del “Get Get Down” de Paul Johnson, en 1999, que plagiaba de forma muy poco disimulada el patrón de su “Me & The Gang”, de 1978 (y que le valió a Johnson una demanda), hizo que recuperase un nicho en la actualidad diaria. Hasta su muerte, en abril de 2020.

Imprescindible: Dado que lo mejor que hizo Bohannon se reparte en cerca de una decena de álbumes durante los años setenta, entre los cuales es complicado señalar alguno como su indiscutible obra maestra, lo mejor es adentrarse en su obra con The Collection (Spektrum, 2004), recopilación de catorce de sus mejores petardazos. Todos juntos forman una secuencia imbatible.

Está de actualidad por: Falleció el 24 de abril en su casa de Atlanta, a los 78 años, por causas que no han trascendido.

Carlos Pérez de Ziriza

Sigan teniendo cuidado ahí afuera

Cómo de maravillosa y de endiablada, a la vez, puede ser la música. Hacía semanas que no escuchaba “The Universe Inside”, de los Dream Syndicate. Anoche lo volví a hacer, y aunque es un disco sensacional, que tiene todos los números para estar entre lo mejor de este 2020 (al menos en mi lista particular), me resultó muy difícil sumergirme otra vez en él. Hasta doloroso, sí, aunque pueda parecer una exageración. Lo asocio a los días de encierro, al zumbido permanente del helicóptero policial dando la murga y alertando a la ciudadanía, a los días silenciosos que se confundían unos con otros, a los informativos que te hundían el ánimo, al insufrible griterío de los creadores de bulos, a los paseos por franjas horarias y geográficas, con todo el mundo saliendo a las ocho de la tarde en masa, tratando de no interponerse – ni por asomo – en el camino del otro, zigzagueando como pollos sin cabeza, tomando aire como peces que boquean fuera del agua, caminando como zombies sin rumbo fijo.

“The Universe Inside”, un disco que más que un disco parece un milagro, facturado – quién lo diría – por unos tipos que sobrepasan los sesenta años, aún trastean con guitarras y a quienes se supone a contrapié del devenir de los tiempos, suena exactamente a eso. Aunque ni siquiera Steve Wynn y los suyos lo hubieran concebido así. Seguramente sus canciones resuenen distintas cuando hayamos tomado algo de distancia sobre lo que hemos pasado en los últimos meses. O cuando por fin vengan por aquí a presentarlo en directo. Y entonces ya no duela volver a él. Mientras tanto, sirva para recordar que vale la pena seguir teniendo cuidado ahí afuera. Nos lo debemos.

I can hear those ringing bells again
Carefully I check to see if I’m awake
A formless mass that would not hold its form
A crucial deviation from the normTo think I once would’ve welcomed in delight
This chaos that flickers in the night
I’m a passive audience at best
Sentient and awake, for that I’m blessedWords and thoughts that once were my stock in trade
Are strewn about like broken toys, mislaid
Melodies and remedies and kindly advice
I put them where I’ll find them when the time is rightA flash of light illuminates and gives me chills
Maybe I’m just a stand in for some greater ills
Maybe someone’s pulling at my strings
I reach above my head and don’t feel a thingI throw and clash and rip and tear the scenery
That only I and nobody else can see
Mocked by something just beyond my reach
On a silenced, barren, darkening empty beachThey say that newborns experience their scenes
Like psilocybin lysergic psychedelic dreams
So, just like them I’m ready to be born again
Who can say for sure, who can say just whenI close my eyes, I know that I’ll soon sleep
The waking hours and questions slowly seep
Into one another, in my mind they smother
The tenuous reality, sneaking up on meI can hear those bells again
I can hear those bells again
I can hear those bells againA descending ending
An ascending of the saint
I will wrangle and wrestle
Until suddenly it all feels the sameCount the irregular heartbeat
But the same dreams keep hanging on
Call on the zombie damage
But the same dream comes undoneI am the derelict conductor
Of the broken symphony
I’m the amateur director
Of the badly lit mysteryKeep moving the pieces
Keep shuffling the deck
Keep singing the chorus
Of the slowest renditionKeep moving the pieces
Keep shuffling the deck
Keep singing the chorus
Of the slowest renditionKeep moving the pieces
Keep moving the pieces
Keep moving the pieces
Of the slowest renditionKeep moving the pieces
Keep moving the pieces
Keep moving the pieces
Of the slowest rendition

Carlos Pérez de Ziriza.

Ben Watt: “Enfrentarte a la vida es una mezcla de ansiedad y determinación”

Reproducimos la entrevista íntegra que mantuvimos hace unas semanas con Ben Watt, y que fue originalmente publicada en el número de febrero de la edición española de la revista GQ. Las fotos son de Antonio Olmos.

Fue mitad de los inolvidables Everything But The Girl, superó una rara enfermedad que a punto estuvo de matarle, formó una familia y se zambulló en la electrónica. Pero la muerte de sus padres y de dos de sus hermanos en apenas cuatro años le hicieron replantearse su vida y su carrera, apuntalada ahora con su cuarto álbum en solitario, Storm Damage (Unmade Road/Music As Usual, 2020). Él mismo nos lo cuenta.

Este disco se aparta del formato de los dos anteriores. Lo defines como un trío retrofuturista de piano, contrabajo y percusión electroacústica. ¿Querías lograr un sonido más directo?

Sí, quería cambiar esta vez. Los últimos dos discos los escribí casi por entero con la guitarra, con afinaciones abiertas, y la presencia de Bernard Butler era muy importante como el otro guitarrista en esos discos. Pero cuando empecé a escribir este disco, me resultaba muy difícil escribir de la misma forma. Lo que me salía no resultaba fresco. Me resultaba difícil impresionarme a mí mismo, así que empecé a escribir con el piano, escribiendo más canciones con él, y ahí es cuando la idea del nuevo sonido me vino a la cabeza, como si fuera un trío de jazz, pero rodeado por un mundo de electrónica, sintetizadores, samplers, collages, atmósferas… ahí radicó el cambio.

Bernard Butler y su guitarra no están presentes. Entiendo que tiene mucho que ver en ese cambio.

Exacto. Él era como un pintor utilizando diferentes colores. Quería un hacer un tipo de álbum distinto, y se lo comenté a Bernard justo al principio, le dije que estaba haciendo más canciones al piano, y que posiblemente eso conduciría al disco en otra dirección, y él me dijo: “adelante, sigue por ahí, seguro que tiene éxito”.

Hendra (2014) estuvo marcado por la muerte de tus padres y tu hermana en 2012. Este está marcado por la muerte de otro hermano, en 2016. ¿Es componer canciones algo terapéutico para ti? ¿Es la idea detrás de una canción como “Summer Ghosts”?

Bueno, obviamente, a todos nos afectan las cosas importantes que ocurren en nuestra vida. Ya sea el fin de una relación, un divorcio, la muerte… es como eso que se dice de la música country & western, que va toda sobre muertes y divorcios, así que esas cosas tienen un impacto psicológico si eres un compositor. Y sí, la muerte de mi hermano en 2016 fue inesperada y difícil de digerir. Me pilló de gira, presentando Fever Dream (2016), y pude ir al funeral pero creo que no llegué a enfrentarme a la situación porque estaba liadísimo. En 2017 terminó la gira, y cuando volví a casa fue cuando me golpeó de verdad el impacto de su muerte. Y de repente me resultó muy difícil volver a escribir. Fue un año y medio muy complicado. No escribí prácticamente nada durante ese periodo tan oscuro.

Hay oscuridad, pero también necesidad de ver la luz al final del túnel: en “Figures in the Landscape” dices “un día más para vivir, aplaudamos”.

Exacto. Los ha definido perfectamente. Me alegro de que esa intención se haya entendido (risas).

El disco también trata sobre la angustia no solo personal, sino también política, algo que supongo que habrá ido a más estos días tras el triunfo aplastante de Boris Johnson en las elecciones generales en tu país.

Sí, me produce mucho cabreo y ansiedad la situación política que vivimos en este momento. Hay una sensación de impotencia, en cierto modo. Es irónico decir esto justo después de unas elecciones, porque ese se supone que es el momento en el que la gente ejerce su poder. Usan su voto para eso. Pero creo que la idea del voto democrático en el Reino Unido se está poniendo en ridículo. Ya no importa el sentido de nuestro voto. Se siguen diciendo mentiras, se siguen explotando nuestros votos… solo dos días después de las elecciones, el gobierno conservador ya está haciendo enmiendas al acuerdo de retirada de la UE, y el parlamento no tendrá voz ni voto sobre ello. Creo que la mayoría absoluta de Boris Johnson nos traerá muchos problemas. Y me preocupa.

Hablando sobre canciones particulares: ¿es el personaje de “Balanced on a Wire”, ese chico de 19 años, alguien real? ¿Estás hablando con tu yo de 19 años o con alguno de tus tres hijos, que rondan o sobrepasan ya esa edad?

Pues nunca lo dirías, pero hablo de ambas cosas. Me inspiré en mis hijos, que se han ido yendo de casa con una mezcla de ansiedad y determinación. Pero también me acordé de cómo me sentía yo a su edad, exactamente igual que ellos. Y cuanto más lo pensaba, me di cuenta de que a mis 55 años, todavía me siento igual. Todavía nos enfrentamos a las situaciones de la vida con una mezcla de ansiedad y determinación.

¿Y cómo encajan tus hijos ese sentimiento? ¿Les hablas de cuando tenías su edad y sentías lo mismo? ¿Te escuchan?

Por supuesto. Hablamos mucho en nuestra familia, y me siento muy agradecido por lo bien que nos llevamos. Mis hijos son muy comunicativos, son chavales fantásticos. Tenemos muy buena relación con ellos.

Ben Watt, fotografiado en la Asylum Chapel de Londres para la promo de “Storm Damage”

Mi canción favorita es “Irene”, con Alan Sparhawk (Low) a la guitarra. Creo que refleja muy bien el paso del tiempo y la nostalgia. ¿Quién es realmente Irene?

Obviamente, es una combinación de mucha gente. Un sentimiento que resuena en mucha gente, porque es real. En cierto sentido es sobre la nostalgia. Sobre como el público se vuelve muy nostálgico por un club en particular, o por un talento o un cantante al que adoran. Y por cómo a veces no quieren que eso cambie, quieren que eso se quede congelado en el tiempo. Pero el artista también debe tener voz en todo eso, a lo mejor quiere cambiar su vida y hacer algo distinto. La canción habla también de un club que forma parte de una escena de una ciudad, y también la ciudad tiene una opinión. Y a la ciudad no le importa un pimiento todo eso, tan solo aguarda hasta que llegue la siguiente escena. La canción está abordada desde diferentes puntos de vista.

“Festival Song”, solo con piano y voz, suena en las antípodas de lo que entendemos por una canción festivalera. ¿Expresa el contraste de la experiencia de tocar ante miles de personas desde presupuestos intimistas?

Es una canción reflexiva acerca de cómo usamos la experiencia de los festivales de música como vía de escape en nuestras vidas. La idea del espíritu de comunidad, el ritual de compartir un trago o un cigarrillo, sentado en la playa o en el campo con más gente. Es una forma de escapar. Sobre eso va la canción, y no sobre estar en mitad de un festival de fiesta hasta el amanecer. Me vino a la cabeza la idea cuando estuve en el Primavera Sound, haces tres o cuatro años. Tocamos a primera hora de la tarde, y luego nos fuimos a la playa y más tarde a ver a Radiohead. Mientras estaba viéndolos, me vino la idea de la letra a mi cabeza: la imagen que tenía ante mí, con toda esa gente alzando sus teléfonos móviles en la oscuridad, eran como luciérnagas junto a la playa, y fue muy evocador para mí.

De hecho, fue un concierto algo incómodo para ver, de tanta gente como había. En mi caso, tuve que hacerlo muy lejos del escenario y prácticamente a través de las pantallas.

Sí, y la forma en la que utilizaban las pantallas dificultaba el seguimiento, porque si lo recuerdas, no utilizaron ni una sola imagen concreta, todo estaba fragmentado en imágenes muy pequeñas, de forma que nunca tenías la ocasión de verles las caras. Se hacía difícil relacionarlo con la actuación.

Siempre he querido preguntarte por qué, tras tantos años como DJ, regentando tu propio club, Lazy Dog, y luego el sello Buzzin’ Fly, dedicado al deep house y a la electrónica, todo eso no se ha filtrado en ninguno de tus discos en solitario.

Porque todos cambiamos (risas). Estuve trabajando como DJ, haciendo remezclas y metido en Buzzin’ Fly durante diez años, pasé muchísimo tiempo metido en esa música, y llegó un momento en el que quería hacer algo diferente. Soy músico, soy escritor, soy guitarrista, soy pianista y soy letrista, además de ser DJ y productor. Y simplemente sigo mi instinto. Y llegó un punto en el que necesitaba cambiar. Escribí aquel libro sobre mis padres, Romany and Tom: A Memoir (2014), y luego empecé a escribir las canciones de Hendra (2014), y me dí cuenta de que tenía que dejar de pinchar por las noches, ya no me divertía como antes. Así que entré en otro periodo de mi vida. Todo el mundo tiene derecho a cambiar. Es la misma idea de la canción “Irene”, la misma razón.

Me imagino que por esa misma razón no echarás de menos a Everything But The Girl, ¿no?

No realmente, estoy orgulloso de lo que hicimos y me trae buenos recuerdos, pero era una época distinta, y todo aquello era el reflejo de lo que hacíamos en ese momento. Somos personas distintas ahora.

Posiblemente como dúo marcasteis un trayecto tan completo que no tenía sentido prolongarlo, ¿no? Del folk y la bossa a sonidos jazzies, hasta el drum and bass y finalmente el pop electrónico de vuestro último álbum.

¿Sabes una cosa? Eres la primera persona en decírmelo. Lo que estás diciendo es que terminó en el momento justo, cuando debía.

Bueno, yo creo que sí.

La mayoría de la gente dice lo contrario: “tenéis que volver, tenéis que juntaros de nuevo, cantar juntos de nuevo, actuar otra vez con Tracey”… a veces es bueno escuchar lo que acabas de decir, que nos disolvimos como dúo en el momento justo porque ya habíamos quemado todas nuestras ideas. Si mañana volviéramos a juntarnos como Everything But The Girl, habría mucha presión sobre nosotros para tocar el material antiguo. Y yo no quiero tocar esas canciones. Quiero tocar material nuevo. A veces me pregunto qué ocurriría si Miles Davis estuviera vivo ahora, y alguien le dijera, “¿oye, Miles, por qué no te marcas un concierto en el Royal Albert Hall tocando el A Kind of Blue de cabo a rabo, nota por nota?” ¿Qué crees que respondería?

Creo que él diría que no, sin duda.

Exacto. Y creo que ese es uno de los problemas con la música pop ahora mismo. Estamos muy nostálgicos. Nos resulta muy difícil permitir que los artistas cambien. Queremos que siempre hagan aquello con lo que nos enamoraron en un primer momento. Y escucha: hay un lugar para eso. Yo soy el primero al que le encantaría ver de nuevo a músicos a los que admiro, tocando su viejo repertorio. Pero al mismo tiempo tiene que haber espacio para que otros artistas respiren y puedan cambiar.

Carlos Pérez de Ziriza.

Crítica del concierto de Nada Surf en Valencia

Reproducimos la crítica del concierto que ofrecieron los neoyorquinos Nada Surf en la sala Moon de Valencia hace unos días, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia. Las fotos son de María Carbonell.

El premio a la constancia

Matthew Caws, líder de Nada Surf, en un momento de su actuación en la Moon de Valencia (Foto: María Carbonell)

Hay bandas que, sin necesidad de rozar algo siquiera parecido a la genialidad, consiguen (a base de perseverancia, trabajo y disciplina) erigirse en dignísimos supervivientes generacionales. Nada Surf forman parte de esa categoría. No estaban llamados a grandes empresas. Es más, sobre sus cabezas se cernía la incómoda sombra del one hit wonder cuando “Popular” gozaba de sus buenos minutos de oro en la MTV, allá por 1996. Pero con el tiempo han logrado ser al rock norteamericano independiente de mayor querencia melódica de las últimas dos décadas (zona colindante a la parroquia power pop menos purista) lo mismo que los Charlatans fueron al sonido Madchester, lo que Mudhoney fueron al grunge o lo que los Manic Street Preachers fueron al brit pop. Esa banda fiable siempre en segunda fila, lenta pero segura, capaz de ir madurando su propuesta e incluso de ir mejorándola disco a disco en dosis muy medidas, superando en vida útil a las grandes luminarias con las que tuvieron que competir en sus años mozos. La constancia suele deparar sus frutos. Hacerlo sin incurrir en veleidades procura más números para caer en gracia que aquellos que han sido más graciosos pero no han podido enmascarar sus vaivenes: ¿Por qué Nada Surf abarrotan salas de casi mil personas y los Posies apenas congregan a la tercera parte de ese público?

El caso es que el directo del trío neoyorquino, cuyas frecuentes visitas incentivan la locuacidad de un Daniel Lorca (su bajista, que es hijo de españoles) que aquí se siente como en casa, y que nos recordó aquella primera visita a la misma sala en 1996 acompañando a Swell (si no es porque servidor aún conserva la entrada, tampoco se acordaría), está tan bien engrasado tras más de dos décadas de carrera y nueve álbumes de estudio que difícilmente podría defraudar a nadie. Su último álbum Never Not Together (2020), mantiene el buen tono habitual, pero ni mucho menos capitaliza su repertorio, muy agradecido con la clientela fiel que tan bien les recibe en nuestro país. Así que “Hi-Speed Soul”, “Killians Red”, “Hyperspace”, “See These Bones” u “Always Love” marcaron algunos de los puntos álgidos de la noche, con sus melodías discretamente luminosas, su inteligente forma de ir alternando ritmos e intensidades de forma disciplinada y su proverbial ausencia de artificio, uno de sus más remarcados activos. Hasta las hirvientes “Blankest Year” y “Popular” (cuya verborrea en cascada tiene ahora una curiosa réplica en “Something I Should Do”, para la que Matthew Caws se ayudó de un atril) acabaron cayendo, reiterando que estos eficientes proletarios de esa preciosa quimera que es la búsqueda de la canción pop perfecta ni siquiera se sienten rehenes de ningún peaje del pasado. Su amigo John Vanderslice les teloneó con solvencia, aunque el traje sintético con el que viste sus canciones últimamente – y más cuando se defienden en solitario – luce menos que sus delicadas canciones acústicas de hace una década.

Carlos Pérez de Ziriza.

Crítica del concierto de Lagartija Nick en Valencia

Esta es mi crítica del concierto que Lagartija Nick ofrecieron hace unos días en La Mutant de València estrenando su espectáculo Los cielos cabizbajos, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia. Las fotos son de Rafa Ariño.

Brillante acto de amor

Como si se tratara de una versión en clave globalizada del efecto mariposa, hay una línea aparentemente invisible – pero patente – que une a una pareja de amantes masacrada en un puente de Sarajevo, a miles de personas abrasadas bajo las radiaciones nucleares de Hiroshima, a quienes quedaron sepultados por las bombas de Guernika o a quienes acabaron dando con sus huesos molidos entre los escombros de las Torres Gemelas. El siglo XX en su versión larga tuvo en todas esas matanzas, ejecutadas desde los aires, un reguero de barbaridades para dejar de creer en el progreso del ser humano, y a la conexión entre todas ellas dedicó el periodista, poeta y músico granadino Jesús Arias gran parte de sus últimos años. Su empeño parecía una quimera: una especie de ópera rock – poema sinfónico, en palabras de la banda – que quedó en proyecto inacabado, y que su hermano Antonio rescató tras su muerte hace cuatro años para que fueran sus Lagartija Nick quienes que lo concretaran. Quizá en manos de otros músicos, el asunto podría haberse despeñado por el desfiladero de lo pomposo, lo pretencioso, esa ridiculez inasumible de quien se toma demasiado en serio a sí mismo como para no darse cuenta de que está meando fuera de tiesto. Pero no hay imposibles para la banda granadina, acreedora de algunos de los saltos sin red más jubilosos de la música popular española de las últimas décadas (Omega, sin ir más lejos, junto a Morente, en 1996), y felizmente instalada en un dominio de sus capacidades que hace que su madurez, a casi tres décadas vista de su irrupción como verso absolutamente libre del rock de este país, sea de lo más incontestable.

Tal y como han hecho ya en otras ciudades, Antonio Arias, MAR Pareja, Juan Codorniu, JJ Machuca y Eric Jiménez se hicieron acompañar en La Mutant por un coro local (el de la Agrupación Musical Santa Cecilia del Grau) y una sección de cuerda también integrada por músicos valencianos para, junto al pianista David Montañés, traducir al escenario los argumentos del simpar Los Cielos Cabizbajos (2019), al que ya de entrada presentaron, jocosamente, como Els cels capcots, en un loable intento de traducción al valenciano. Tan solo cuando se arrancaron por palmas con su “Soy de otra Andalucía” (precisamente en el Día de Andalucía, y para entretener al personal mientras a Eric le cambiaban el taburete para poder seguir tocando la batería) pareció entrar la noche en terreno dubitativo. Bueno, ahí y en la larga media hora de prolegómeno casi cacofónico – bases pregrabadas con sonidos de bombardeos – con el que Ángel Arias y su pieza Pikadon nos quisieron inducir, de forma seguramente excesiva, a un estado de absoluta inmersión ante lo que se avecinaba. Todo lo que vino después fue una deslumbrante exhibición de rock afilado, lirismo encendido y humanismo sin sermones, con picos de intensidad tan imborrables como los de “Guernika 2019”, “Sarajevo” o “Intrusos”, en los que el cariz apocalíptico marca de la casa Lagartija mezclaba estupendamente con los coros y las cuerdas. Un acto de amor, en definitiva, de lo más sustancioso, por cuanto no solo rescata la memoria de un hermano a través del recuerdo de miles de congéneres inocentes masacrados – el pueblo siempre es el primero en pagar los desmanes de sus gobernantes – en conflictos de muy diverso pelaje, sino que además lo hace invitando a reflexionar con un espectáculo brillante, haciendo del viejo y ajado rock una herramienta expresiva de primera magnitud y vigencia aún incuestionable.

Carlos Pérez de Ziriza.

Crítica del concierto de Fat White Family en Valencia

Esta es mi crítica del concierto que ofrecieron los británicos Fat White Family en La Rambleta de Valencia, publicada en la Cartelera Turia. Las fotos son de María Carbonell.

Inglaterra dickensiana

Hay algo que se advierte tan pronto Fat White Family se calzan sus instrumentos y comienzan a atronar: credibilidad. La sensación de estar ante siete músicos genuinos, sin afectación, que juntos forman una banda como la copa de un pino y destilan esa acidez tan típicamente británica y hasta dickensiana de sus underdogs, los arrumbados por el sistema.

En ese sentido, y aunque el fermento de su desazón – y de su sólido repertorio – sea la desnortada generación que ha crecido entre el Brexit y una rampante desigualdad, no cuesta advertir en las canciones de los londinenses y en sus trazas escénicas (era su primera visita a Valencia) puntos que les conectan con otros benditos talentos anárquicos, ya sean The Fall (“I Am Mark E Smith” fue la segunda que abordaron) o, en sus arranques más sintéticos, a olvidados parias del electro rock de desguace con halo de subversión como Pop Will Eat Itself (¿alguien se acuerda de la generación grebo de principios de los 90?).

El concierto fue una concisa pero magnética demostración de las habilidades de Lias Saoudi y los suyos, una banda perfectamente empastada que derrocha autoridad sobre el escenario, y a la que solo se le podría achacar – si es que hay que poner alguna pega – que contuviera bajo una irreprochable pátina de solidez esa saludable anarquía que ha presidido otros bolos suyos, más imprevisibles.

Carlos Pérez de Ziriza.

Crítica del concierto de Star Trip y Ken Stringfellow en Valencia

Esta es mi crítica del concierto que ofrecieron los valencianos Star Trip y el norteamericano Ken Stringfellow hace unos días en el Loco Club de Valencia, tal y como se ha publicado en la Cartelera Turia

Excepcional puesta de largo

Todo cuadró. Y lo hizo con la misma precisión milimétrica de esas melodías, trazadas a escuadra y cartabón, que responden estilísticamente a la ecuación power pop: una sala prácticamente a reventar, destilando el aura de las grandes puestas de largo, una banda considerablemente más sólida que la última vez que tuvimos ocasión de verla, en el mismo garito hace un año y medio – con los escoceses Dropkick – y un excepcional telonero y compinche de raza (en el tramo final de la noche) como el insigne Ken Stringfellow, quien solo por lo que facturó con los Posies entre 1993 y 1996 ya debería ganarse el cielo, aunque resulte que en su currículo también figuren R.E.M. o los Young Fresh Fellows. Los valencianos Star Trip refrendaron sobre el escenario que su Salto al Vacío (2019) dispone de argumentos sobrados a erigirse en mejor artefacto power pop durante todo 2019 en España, porque es lo más completo que han parido, aunque apenas haya servido para clausurar el bonito catálogo del sello alicantino Pretty Olivia Records. Así están las cosas.

Como aupados por el imponente aspecto de la sala – que doblaba de largo la asistencia respecto a su bolo de julio de 2018 –, convencieron de pleno porque conjugaron melodías que acarician con guitarras que al mismo tiempo mordisquean: esa simbiosis entre dulzura y aspereza que siempre acaba siendo la mejor forma de ensanchar el consabido sota, caballo y rey del género, al que siempre le sienta bien la combinación de acelerones y medios tiempos. Rafa Navarro cargaba con el mayor peso vocal, mientras Vicente Prats se llevaba la parte del león con su guitarra. Y es que las mejores bandas de power pop casi siempre son aquellas que desmienten la taxonomía no por maldita – que también – sino por estrecha.

La fiesta ya fue completa cuando irrumpió Ken Stringfellow por segunda vez. Antes había ofrecido un primer pase en solitario durante el que “Ontario” o “Everybody is a Fucking Liar” las pasaron canutas para hacerse oír entre la irrespetuosa cháchara de un público que acudió con el cuerpo de jota propio de una cena de empresa cualquiera: por suerte no eran todos. Luego, rematando una espléndida noche de canciones radiantes, de tacto artesanal, el californiano clavó junto a Star Trip una “The One I Love” (R.E.M.) – ya abordada por los valencianos otras veces – que cantó mucho mejor que cualquiera de sus temas propios y tres versiones más: guiño a su proyecto Orange Humble Band via Dom Mariani (DM3) con “Can’t Get What You Want”, recuerdo a sus mejores Posies con la gloriosa “Solar Sister” y pleitesía a Alex Chilton (Big Star), que estás en los cielos, con la inmarcesible “September Gurls”. Así da gusto.

Carlos Pérez de Ziriza.

Resumen de 2019

Reproducimos nuestro tradicional resumen del año para la Cartelera Turia, con nuestro listado de discos recomendados, veinte en esta ocasión.

Billie Eilish, la gran revelación joven del año.

Ante la desubicación – a veces, puramente generacional – de los más agoreros, o de quienes creen que el rock es un lenguaje en crisis porque no asumen que hay decenas, posiblemente cientos de meandros a través de los cuales (bien sea con otras herramientas) las grandes canciones y los grandes discos siempre se abren paso, el 2019 ha sido otro año en el que la supresión de celdas genéricas y la apabullante presencia femenina han vuelto a destacar. Los extraordinarios discos de FKA Twigs, Weyes Blood, Solange, Holly Herndon, Jamila Woods, Kate Tempest, Little Simz, Sharon Van Etten, Cate Le Bon, Angel Olsen e incluso el de Sleater-Kinney, no digamos ya el de Billie Eilish, la gran revelación del ejercicio, responden a ese patrón de pop bastardo, en el que tradición, tecnología y vanguardia se dan la mano, muchas veces aupados a los primeros puestos en la valoración crítica gracias a los estupendos trabajos de producción de gurús (porque ya podemos definirlos así) como Jack Antonoff, Max Martin, AG Cook, John Congleton, Dan Carey y demás ingenieros de sonido. Hay producciones teóricamente mainstream que cada vez asumen más riesgos, discursos que nacen del indie pero suenan prematuramente adocenados, hay contradicciones diarias, y esa forma tan fragmentada y casi siempre fugaz en la que consumimos la música pop hoy en día, tras una década en la que el streaming parece haber suplantado casi por completo al formato físico, hace que cada vez suponga mayor esfuerzo trazar itinerarios comunes. Vale la pena intentarlo, en cualquier caso. Ese es el reto.

Destacó también el descomunal álbum de Nick Cave, aún sacando rédito con contención y elegancia de un estado de ánimo que ya inspiró una de las cumbres del fúnebre 2016, marcado también por los epitafios de Bowie o Cohen y la muerte de Prince. La Inglaterra del Brexit probó que un nuevo punk sigue siendo posible, aunque sean unos irlandeses –  Fontaines DC – quienes se sumen ahora a lo que el año pasado representaron sus paisanos Idles, mientras Slowthai enlaza con la rabia del grime e incluso del más lejano two step para poner banda sonora de ritmos y rimas a un país sumido en la confusión, entregado sin reservas a Boris Johnson. Ya que hablamos de hip hop, fue este un año en el que Loyle Carner y Tyler The Creator despuntaron, cada uno a un lado del océano atlántico, algo que no es tan de extrañar si tenemos en cuenta el desvarío de Kanye West y que Kendrick Lamar se dio un respiro. El indie rock femenino heredero de Liz Phair o de Breeders, de filiación claramente noventera, tuvo a Stella Donnelly y a Julia Jacklin a sus mejores valedoras. Y en ámbito puramente electrónico sobresalió el disco de Floating Points, si bien el más brillante acercamiento pop a sonoridades electrónicas lo logró el veterano Lloyd Cole – sus experimentos de los últimos años ya venían avisando – con uno de los mejores álbumes en sus más de tres décadas de carrera. Quién lo iba a decir.

Superado en España el año 2 después de Rosalía – con sus conciertos multitudinarios –, puede decirse que el ejemplo de la catalana, la fusión de tradición y vanguardia, la imbricación de estilos tradicionales en nuevas tramas sonoras, empieza a alumbrar un sendero cada vez más transitado, vislumbrando la ilusión (porque quizá solo sea eso, una ilusión) de que el riesgo y el desafío a las convenciones se instale también aquí en las listas de ventas y en las de escuchas. El Premio Nacional de Músicas Actuales concedido a la Mala Rodríguez también tiene algo de oficialización de los géneros urbanos (hip hop, reggaetón, trap, r’n’b) en nuestra industria. Y algunos de los mejores discos de la temporada, caso de Manel, Rodrigo Cuevas & Refree, Goa, Cupido o El Hijo, responden – en mayor o menor medida – a ese patrón.

Hay muchos más discos a destacar, claro.  En los límites que marcan la canción de autor heterodoxa, el pop electrónico de altos vuelos, la rumba mediterránea sin prejuicios, el pop vitaminado o el de texturas shoegaze y también psicodélicas: los de Cala Vento, Lidia Damunt, All La Glory, Hidrogenesse, La Casa Azul, Ferran Palau, Noise Box, León Benavente, Pau Vallvé, El Petit de Cal Eril, Carolina Durante, Miquel Serra, Hijos del Trueno o Star Trip. Estos últimos, sustentando la vertiente más luminosamente pop de la escena de la Comunitat Valenciana, en la que también destacaron Tercer Sol, Chavalan, Nomembers, Ela Vin, Bob Lazy, Mireia Vives i Borja Penalba, Bob Lazy, Ex Fan, El Ser Humano, Samuel Reina o Mireia Vilar, entre muchos otros nombres. Finalizamos con nuestro tradicional listado de álbumes foráneos recomendados, en orden alfabético. Este año  nos hemos estirado hasta los veinte títulos. Si a partir de ahí hay quien descubre rutas fructíferas, nuestro esfuerzo de síntesis ya habrá servido de algo.

BeirutGallipoli (4AD); Andrew BirdMy Finest Work Yet (Loma Vista/Universal); Loyle CarnerNot Waving, But Drowning (AMF/Virgin); Nick CaveGhosteen (Ghosteen/Popstock!); Lloyd ColeGuesswork (Ear Music); Stella DonnellyBeware of the Dogs (Secretly Canadian/Popstock!); Billie EilishWhen We All Fall Asleep, Where Do We Go? (Interscope/Universal); FKA TwigsMagdalene (Young Turks/Popstock!); Fontaines DCDogrel (Partisan/PIAS); Jenny LewisOn the Line (Warner); Rustin ManDrift Code (Domino/Music As Usual); Sleater-KinneyThe Center Won’t Hold (Caroline/Music As Usual); SolangeWhen I Get Home (Columbia); Bruce SpringsteenWestern Stars (Sony BMG); Kate TempestThe Book of Traps and Lessons (Caroline/Music As Usual); TindersticksNo treasure but hope (City Slang/Music As Usual); Tropical Fuck StormRaindrops (Joyful Noise/Popstock!); Sharon Van EttenRemind Me Tomorrow (Jagjaguwar/Popstock!); Weyes BloodTitanic Rising (Jagjaguwar/Popstock!); Jamila WoodsLegacy! Legacy! (Jagjaguwar/Popstock!)

Carlos Pérez de Ziriza.

Crítica del concierto de Joaquín Pascual en Valencia

Esta es la crítica del concierto que ofreció Joaquín Pascual hace unos días en el Centro Excursionista de Valencia, presentando EX, el último álbum a su nombre, tal y como se publicó en la Cartelera Turia.

Joaquín Pascual, en una foto de archivo.

Hay discos que no admiten comparación con sus semejantes. Por estar hechos de otra pasta, como si procedieran de otro ámbito, de un tiempo y un lugar indeterminados, completamente ajenos a las más elementales leyes del mercado. Ni siquiera deberían competir (aunque sea figuradamente) en ningún listado de lo mejor del año: deberían estar fuera de concurso. Transitan con total inmunidad ante ese cuento lleno de ruido y furia (que decía aquel), contado no por uno sino por muchos idiotas, que es este atolondrado presente en el que sobra alboroto – producido por tanto mono armado de teclado o micrófono – y escasea juicio exento de expectativas y prisas.

Como con el último Nick Cave, como con el personaje que aborda Brad Pitt en Ad Astra (James Gray), salvando – obviamente – cualquier inevitable distancia, el último álbum de Joaquín Pascual pertenecía a esa categoría: un trabajo minimalista e íntimo, preñado de una rara melancolía y concebido para ser escuchado de un tirón, comandado por su voz susurrante, piano y unos cuantos sintetizadores, y autoeditado con una mínima tirada física – solo en vinilo – y una ínfima promoción. Se llamaba EX (2018), y más de un año después de ver la luz aún no había sido llevado al directo. Lo hizo durante dos tardes seguidas en el Centro Excursionista de Valencia, en dos conciertos en los que el ex Surfin’ Bichos, Mercromina y Travolta se sentó ante el piano y se acompañó de Ángela Pascual a la guitarra y José María Castillo al sintetizador, con la ayuda puntual de Caio Bellveser y Xema Fuertes en un par de temas.

Valió la pena la espera, porque trasladar al escenario un material tan aparentemente ingrávido y dotado de cierto sentido de trascendencia (eso sí, nada cargante), de cierta exigencia con el oyente, no era en un principio una tarea sencilla por cuanto algo de esa intimidad puede perderse por el camino. No solo no ocurrió, sino que además el bis fue un auténtico regalo, con el rescate a la guitarra de “Alguien tiene que hacer algo” (de su anterior disco) y una “Mis huesos son para ti” (uno de los grandes clásicos que compuso Fernando Alfaro en Surfin’ Bichos) abordada solo ante el piano. Ojalá se repita, en cualquier escenario.

Carlos Pérez de Ziriza.

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