Este es mi blog. Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Rockdelux, Mússica, Cartelera Turia, El Hype, Lletraferit y Valencia Plaza, entre otros medios. Colaboro en À Punt. Escribo libros sobre música. ¿Qué más puedo decir?
Be yourself; Everyone else is already taken.
— Oscar Wilde.
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Estuve anoche en el concierto del cuarteto de Chapel Hill en el Loco Club de València, y qué decir: otra exhibición. Las fotos son de María Carbonell.
Mac McCaughan, Jim Wilbur, Laura King y Betsy Wright: los Fab Four de Carolina del Norte (Foto: María Carbonell)
¿Exagerado? Seguro. Sin duda. Pero llevo años diciéndolo: son la mejor banda del mundo sobre un escenario. No la más espectacular, ni la más pirotécnica, ni la más sorprendente: simplemente aquella que da más por el precio de su entrada. Aquella que genera mucho más de lo que promete. Aquella que ha convertido lo excepcional en rutina. Aquella que te alegra el día más aciago que puedas imaginar. Y el de ayer ni siquiera lo era. De aciago, quiero decir. Lo de Superchunk anoche en el Loco Club fue otro desbarre. Otro huracán. Vaya forma de despedir un domingo. No importa que Laura Ballance y Jon Wurster tuvieran que bajarse del carro hace tiempo. Betsy Wright al bajo y Laura King a las baquetas ya nos mostraron hace dos años que son recambios de plena garantía.
Metiéndose al público en el bolsillo desde el minuto uno (Foto: María Carbonell)
Era su quinta visita a València. Nunca han repetido sala. Da igual donde los ubiques. Garage en 1993, Roxy Club en 2000, La Rambleta en 2019 y 16 Toneladas en 2024 los vieron pasar antes. Fue mi séptimo bolo suyo, porque falté al (legendario) de Garage pero tuve la suerte de verlos en el festival de Reading en 1994 (en una carpa en la que llegué a temer por mi integridad física cuando el ambiente se encendió), en la sala Caracol de Madrid en 1997 y en el Primavera Sound de 2014. Nunca me han dejado ni medio frío. Su entrega es innegociable. Y lo de Mac McCaughan, a sus 58 años, es digno de estudio. Tan pronto pasa de ser un tipo tranquilo – y encantador – que te vende sus discos y camisetas en el puesto de merchandising como se erige en cuestión de un par de minutos en un torbellino escénico, un manojo de nervio. Lo ha hecho todo en esta industria (editor, creador, tour manager), siempre de primera mano, y no se cansa. Es el más indie entre los indies pata negra. A ver quién se lo discute.
Anoche Superchunk primaron su producción del siglo XXI, más que en ningún otro concierto que les haya visto. No había aniversario que celebrar de ningún disco, ni efeméride a la vista. Dejaron ver su veta más pop. Incluso power pop, si estiramos mucho del chicle (aunque yo nunca les metería en ese cajón, ni de coña: su filiación es bien distinta). Pero, ay, amigo, cuando caen «Like a Fool», «Why Do You Have To Put a Date On Everything», «Skip Steps 1 & 3», «Hyper Enough», «Precision Auto» y todos aquellos chispazos de electricidad de la primera mitad de los noventa, aquello es como si un camión de treinta toneladas te pasara por encima. Se rifó un esguince de tobillo, pero salimos todos indemnes. Y más felices que veinte perdices. Como siempre.
Estuve viendo el domingo al músico escocés a su paso por la sala 16 Toneladas de València, en la que es su despedida de los escenarios, y le dedico unas líneas, con foto de Juan Pardo.
Mr Collins: reverencia (Foto: Juan Pardo)
Igual no me enteré muy bien, pero me pareció entender que Edwyn Collins decía que el «Roadrunner» de Jonathan Richman and The Modern Lovers fue una influencia sobre «Don’t Shilly Shally», el primer single que publicó en solitario y uno de los muchos clásicos que rescató en su extraordinario concierto del domingo pasado en 16 Toneladas. Si realmente fue así, el factor diferencial quedó claro: si el primer indie británico mostró cierta querencia por el soul (el northern más que el southern, claro) fue gracias a él. Y a una garganta siempre acorde con esa pulsión, con esa suerte de negritud que ni siquiera suena impostada.
Su gira de despedida no demanda ni necesita clemencia, porque pese a que los dos ictus que le dieron hace dos décadas le obligaron a reaprender a articular palabras (no digamos ya el esfuerzo titánico que debió suponerle volver a cantar), su recuperación para la música – en estudio y en directo – no necesita siquiera ser calibrada frente a todo lo que hizo durante los 80, los 90 y los 00. Puede sentirse más que orgulloso cuando empuña bien alto ese bastón a modo de saludo, porque abandona los escenarios en un fabuloso estado de forma, a sus 66 años. Aunque se vea obligado a cantar sentado durante casi todo el concierto. Y derrochando cercanía, jovialidad y entusiasmo.
Obviamente, cualquiera se puede imaginar el setlist: un reguero de clasicazos inmarchitables. Sin apenas hueco para su reciente nuevo trabajo (tan solo uno, «Knowledge»), y despachados con una más que notable banda, en la que destacaba – tengo debilidad por este hombre – ese Gordon Strachan del pop que es Carwyn Ellis – el hombre de Colorama – al bajo y puntualmente (en «Rip It Up» al menos) al teclado, tal y como nos visitó hace un par de años con los Pretenders y con el propio Collins hace ya doce años, en aquella gira que en València pasó por el Loco Club. Hasta su propio hijo, William, que había protagonizado el primer tramo de la noche como telonero con su propio proyecto (antes del pase de los entretenidos Glass Cheques, también escoceses, de esos a quienes se les entiende mejor cuando cantan que cuando hablan), hizo estupendamente de Jonathan Pierce (The Drums) en la fantástica «In Your Eyes», una de las mejores canciones de su trayecto post Orange Juice, que ya es decir.
El resto, una delicia tras otra. Quizá tan solo «Rip It Up» y «A Girl Like You» (precisamente las más bailables) me sonaron excesivamente mecánicas, a modo de obligados peajes. Pero qué decir de «Falling and Laughing», «Make Me Feel Again», «The Wheels of Love», «Low Expectations», «Home Again», «Felicity» o «Blue Boy». Todas expuestas con el oficio, la vivacidad y el sesgo canónico (los solos de guitarra de Patrick Ralla y de saxo de Sean Read muy bien mesurados) de casi toda la producción del hombre que no solo estuvo siempre ahí, sino que llegó prácticamente antes que ningún otro. Que se lo pregunten a Roddy Frame, Bobby Gillespie, Robin Guthrie o Stuart Murdoch.
Estuve viendo al músico británico a su paso por la sala Moon de València, y aquí lo cuento.
Guitarra en ristre, al arranque del bolo.
Morro. Descaro. Oficio. Actitud. Estilo. Hasta un poco de conveniente chulería. A tope de inglesidad. Son virtudes que ornamentan el discurso del británico Miles Kane, en su segunda visita a Valencia en menos de dos años. Lo disfruté, creo que todos lo disfrutamos, bastante más que en su solitaria visita a 16 Toneladas en marzo de 2024. Por mucho que no se explayara más allá de la hora y cuarto: la intensidad no decayó. Primero, porque no es lo mismo solo que con banda. Y segundo, porque llegaba con uno de sus mejores discos bajo el brazo, el muy glam rock (pero no solo eso) Sunlight In The Shadows (2025). Porque Kane es glam, vale, pero también es pop, es rock, es cultura mod, es un poco de rhythmn and blues, es casi todo lo bueno – le faltaría una pizquita de soul trotón a lo Motown, tal y como le gustaba a su admirado Paul Weller – que la cultura pop británica fue absorbiendo entre las décadas de los cincuenta y los setenta, ya bien entrados.
Noche de animal print en modo leopard skin.
Quizá no sonase todo lo bien que muchos hubieran deseado: yo me coloqué pegado a la barra izquierda, casi en un lateral del escenario, y di por sentado que la bola de sonido era buena a cambio de tener una cercana y diáfana visión de ese escenario aderezado con tanta piel de leopardo y con músicos acompañantes tan jóvenes como los que se gasta. No se me atragantó. No me quedé mentalmente fuera del bolo. Ni siquiera me pareció vivir en un martes. Di también por bueno el formulismo brit pop de los bregados City of Fury, combo dominado por músicos argentinos que tienen ya mucha mili para ser debutantes (acaban de volver de girar por garitos ingleses), y a quienes uno de los mayores halagos que se les pueden hacer es decirles que parecen de Manchester. No creo que ningún seguidor de Ocean Colour Scene, de Arctic Monkeys, de Oasis o del mismo Paul Weller pudiera salir defraudado del concierto de Miles Kane en Moon.
Acudí al ya tradicional bolo navideño de Mishima a su paso por el Loco Club de València. Le dedico unas líneas, con fotos de María Carbonell.
Intensidad y entrega: Mishima y su público valenciano (Foto: María Carbonell).
Me pedía Dani Vega, según entraba en el Loco Club, que le comentara al final del concierto si este me había parecido mejor o peor que el del año pasado, el que ofrecieron en Jerusalem Club. No recuerdo si se lo dije (a David Carabén, seguro que sí), pero me pareció que tuvo más intensidad. Que estuvieron más entregados. Que se sintieron más a gusto: conocen muy bien el Loco. Y en cualquier caso: ¿qué más da? No tiene mayor importancia. Lo relevante es la conexión con el público. La del viernes pasado fue desbordante. Porque con Mishima siempre es lo mismo y, a la vez, distinto. Dominan tan bien su propio repertorio y la forma de sacarle partido que es como si cada una de sus canciones naciera y creciera cada noche sobre el escenario. Nunca sabes cuál será la última Navidad en la que estén presentes (casi) todos los tuyos: con ese ánimo acude uno a verlos cada diciembre. Y no hay retahíla de matices, observaciones ni apreciaciones críticas que menoscaben lo esencial: por qué Mishima gustan tanto a quienes suelen gustar siempre. A quienes están, o estamos, siempre dispuestos a verles hacer el mismo bolo, que tampoco es nunca el mismo que el día anterior. Y con esto no pretendo marcarme un juego de palabras antitéticas de esos que a ellos les gusta utilizar para algunos de sus títulos (Ara i res, Ordre i aventura, L’ànsia que cura).
Los Mishima y el público del Loco Club: comunión total (Foto: María Carbonell).
Mishima gustan (a mí también) porque no entienden la ética sin la estética. Porque son fieles a sí mismos y a su público. Porque dicen y cuentan cosas relevantes sin sonar afectados. Porque transmiten emociones universales de forma elegante e incluso sutil. Porque me hacen acordarme de The Smiths, The Divine Comedy o Benjamin Biolay sin que puedas decir que ninguna de sus canciones responda exactamente al mismo canon. Porque transmiten esa melancolía que, lejos de hundirte en la miseria, te acoge y reconforta (debilidad especial por «Menteix la primavera»). Porque hacen que eso que muchos llaman «costumbrismo poético» sea mucho más que un manido cliché. Porque han sabido sobreponerse a adversidades que podrían haber acabado con ellos. Porque han sabido navegar siempre con soltura entre esos dos carriles (lo que hay entre el mal llamado «indie» masivo y el subsuelo, o entre el pop de festa major y lo underground) cuya diferencia de velocidad parece no dejar hueco para que prospere nada más. Porque no les recuerdo ni un disco flojo. Porque te reciben con una copa de cava a la entrada del Loco Club para felicitarte la Navidad. Porque con esas cosas muestran sus ganas por fidelizar a su parroquia. Porque se acuerdan de felicitar a Tranquilo Música por su 30 aniversario. Porque saben cuáles son sus potencialidades creativas y tratan de afinarlas con el tiempo sin venderte motos que no están en disposición de ofrecer. Porque no revelan ni un ápice de cinismo en nada de lo que encaran, y eso es algo muy de su generación, que es también la nuestra, año arriba o año abajo: aprecio lo mismo en The New Raemon, Santi Campos, La Habitación Roja, Surfin’ Bichos, Ricardo Lezón, Els Pets y tantos otros músicos a quienes tengo la suerte de conocer y apreciar hasta el punto de creer que son los mismos sobre el escenario que lejos de él: no hay personaje por medio. No saben escribir si no lo hacen a tumba abierta. Han tenido la suerte, también es justo decirlo, de nacer en un tiempo en el que no era necesario recurrir al cinismo ante un futuro que se les negaba, como ocurre ahora con quienes empiezan. Pero también podían haber elegido otro modo de expresarse. Y gustan (a mí también) porque, por ingrato que pudiera haber sido cualquiera de los otros recintos o circunstancias en las que les he podido ver, tampoco les recuerdo un bolo desangelado. Y el del viernes no lo fue, obviamente. Ojalá en 2026 nos desvelen nuevo disco. Y con él añadan más madera a sus próximas citas.
Estuve anoche viendo a los daneses The Raveonettes en la sala Moon de València, con Ghost Transmission como teloneros, y lo cuento con fotos de María Carbonell.
Sharin Foo, dándole con saña al raca raca (Foto: María Carbonell).
Sonó mucho hip hop en los momentos previos a la irrupción de Sharin Foo y Sune Rose Wagner (secundados por un batería) sobre el escenario de Moon. Tenía su lógica, porque la rítmica del género, al menos en los trabajos posteriores a su consolidación como proyecto, han ido insuflando un aire nuevo a su fórmula, y es eso algo que se comprobó desde «Blackest», la arrastrada pieza que abrió su concierto y que forma parte de PE’AHI II (2025), su noveno álbum y el primero con canciones propias en ocho años: esa cadencia, prácticamente trip hop, la podrían haber firmado Portishead.
Ha llovido muchísimo desde que el dúo danés nos dejara con la boca abierta en un FIB, el de 2003, en el que destacaron sobremanera por virtudes propias y – también, hay que decirlo – por el contexto de una edición que bajó mucho el nivel respecto a sus precedentes. Diría que allí les descubrimos casi todos. De hecho, faltaban aún unos días para que se publicase su primer álbum, Chain Gang of Love (2003), aunque ya contaban con el EP Whip It On (2002) como tarjeta de visita. Su propuesta fue siempre algo básica, pero lo que hacían, lo hacían muy bien. Y lo siguen haciendo, porque anoche sonaron fantásticamente y sostuvieron una hora y media entretenida, consistente y con diversidad de matices, en la que era (curiosamente) su primera visita a Valencia en 25 años de carrera.
Su muro de sonido, con cierto influjo melódico de los girl groups y los crooners sentimentales de los años cincuenta y primeros sesenta, aderezado con temáticas de cine de serie B, cultura pop de desguace, unas gotitas garage rock y surf rock y demás truculencias líricas (crimen, sexo, abusos, dependencia emocional), les hace evidentísimos descendientes de The Jesus and Mary Chain (sobre todo) y, en consecuencia, de The Velvet Underground (quizá no tanto), pero todo eso lo resuelven con buenas canciones, de una dulzura malévola que se adhiere a la sesera y reconforta el espíritu. Y no cabe pedirles más.
El trío, en pleno subidón «Recharge & Revolt» (Foto: María Carbonell).
Anoche no llegaron a tocar ni la mitad de su último trabajo, que tampoco está nada mal, la verdad (tengo debilidad por «Speed», que descerrajaron en tercer lugar), porque saben que en realidad los puntos álgidos de su cancionero siguen siendo «That Great Love Sound», «Love In A Trashcan» o «Attack Of The Ghost Riders», que sonaron en el tramo central de la noche. Todas tiene más de dos décadas. Pero también piezas más expansivas, como una atronadora «Aly, Walk With Me» (de Lust, Lust Lust, su disco de 2007) que, con su su obsesivo chorro de ruido a cascoporro, precedió a la versión de «Venus in Furs (The Velvet Underground) con la que cerraron el bolo. Ella, Sharin Foo, fue ganando protagonismo vocal conforme pasaron los minutos, porque abrió el bis con «Last Dance» y también comandó la versión de «I Wanne Be Adored» (The Stone Roses) en tributo al recientemente fallecido Mani Mounfield, aunque tampoco fuera una relectura que aportase gran cosa, a modo de cierre del bis, justo después del estimulante rescate de «Recharge & Revolt», con Sue Rose Wagner caminando por el escenario sin el peso de su guitarra, que encalomó al batería.
No había teloneros valencianos más adecuados que los setabenses Ghost Transmission, era más que obvio, y el anoche cuarteto se manejó con soltura y me convenció durante el buen rato que estuvo en escena, dosificando las intensidades de su wall of sound particular (lo suyo también se acerca más al noise rock que al shoegaze, aunque tengan un poco de ambos), en el que, cómo no, la sombra de los hermanos Reid es incontestable, especialmente en temas como «Love Is Strange», con el que cerraron. Por un momento me vino a la cabeza un bolo de Automatics en la misma sala, hace casi treinta años. El tiempo vuela, sí. A la velocidad de la luz.
No estaba muerto. Tampoco de parranda. Ni mucho menos. Vi ayer a Patrick Wolf en La Rambleta de Valencia en en concierto extraordinario: la reivindicación de un músico que quizá nunca debió permanecer alejado del mundo tanto tiempo. La foto es de Mariajo Rodríguez.
«Vente, que Patrick Wolf lo está dando todo». Era el contenido de un SMS que me escribió mi hermana en julio del 2007. Estábamos en pleno FIB, y me acerqué a ver al británico bajo una carpa. Así era: lo estaba dando todo, aupado en melodías tan radiantes como «The Magic Position». Con banda. Dispuesto a comerse el mundo. No existía el whatsapp. Apenas habíamos oído hablar de Spotify. Ni siquiera nos habíamos registrado en Facebook. Los músicos emergentes difundían su música por MySpace.
Dieciocho años después, Patrick Wolf volvía a pisar territorio valenciano. Anoche, en La Rambleta. El devenir de modas, tendencias, transformaciones y oleadas de nuevos artistas, unido al hecho de que ha estado unos doce años desligado del mundo (adicción al alcohol, depresión, un atropellamiento que podría haber sido fatal y la muerte de su madre), han hecho que el mundo prácticamente se haya olvidado de él. Desde Lupercalia (2001). Yo caí en la cuenta de su ausencia cuando los créditos finales de la película Tierra de Dios (Francis Lee, 2017 ) me recordaron lo sublime que es una de sus canciones, la estratosférica «The Days». Quizá la mejor que nunca ha escrito. Anoche prescindió de ella. Me lo esperaba. Hace años que artistas como Perfume Genius, Moses Sumney y otros apóstoles del pop abiertamente queer le han adelantado sobradamente en la carrera de la popularidad. Lógico. Quizá con él todo fue demasiado y demasiado pronto, que decían los New York Dolls.
Anoche, como ya ocurriera hace un año y medio en Barcelona, se plantó solo con un puñado de instrumentos ante poco más de cien personas. No llegaron a 150. La creación musical es una cosa, la industria de la música es otra, como le decía a Álvaro García Montoliu en una estupenda entrevista en Rockdelux. Se acompañó de un dulcimer, una guitarra, un violín, una especie de mini arpa, un teclado y una consola con programaciones. Y unos pedales para los loops. Y un vestuario del que se iba desprendiendo, por capas. Y su expresiva y estilizada voz, capaz de darle contorno a melodías que habitan en el mismo planeta que Kate Bush o David Sylvian. Y su destreza como artista total. ¿Canciones? Sonaron impresionantes «15 Godrevy Point», «To The Lighthouse», «The Magic Position» y «The Night Safari». Hasta «Mejora o Empeora», la atropellada traducción al castellano de «Better or Worse», que abordó en el segundo bis ante la insistencia de un público entusiasmado (con razón), tuvo su gracia. Fueron casi dos horas de ensueño.
Unos cinco minutos habíamos estado previamente en silencio y a oscuras, esperando a que irrumpiera en escena a las nueve punto, hora anunciada del concierto. Se hizo esperar, como si quisiera que nos sumergiéramos por completo en la experiencia. Como si invitara a irse a quien no estuviera muy convencido. Y valió muchísimo la pena. Fue uno de esos bolos tan cercanamente físicos en los que casi puedes sentir la respiración del artista, en los que los silencios son tan importantes como los brotes de estruendo, en los que notas el conflicto, el pálpito, el tormento y la gloria que habitan en su interior con cada giro argumental, con cada nueva canción del setlist. Todo lo resolvió con una pasmosa seguridad. La propia de un artista de los pies a la cabeza. Mayúsculo. Desde el primer al último movimiento, escorzo, requiebro o inflexión. Un tipo que ha nacido para esto. No como tanto botarate de esos que dicen luchan muy fuerte por su sueño en un casposo reality show.
No sé si el mundo le sigue necesitando. Él seguro que sigue necesitando la música. Y nosotros, cómo negarlo, el poder gozar de conciertos tan deslumbrantes como el que nos regaló anoche.
Destroyer al completo: una fantasía (Foto: María Carbonell)
Estuve anoche en el Jerusalem Club de València para ver a Dan Bejar y sus Destroyer, con Eleanor Friedberger de telonera, y fue posiblemente el mejor bolo que he visto en 2025 en la ciudad. Lo cuento con fotos de María Carbonell.
Dos preguntas rebotando en mi mollera, una al principio del concierto y la otra al final. La primera me la hizo un amigo hace unos días: «¿suenan mejor los conciertos a medida que avanzan porque el técnico de sonido, o la banda, van engrasándolo todo, o es que simplemente nuestros sentidos se van acostumbrando?». No sabría responder con exactitud. Seguramente haya un poco de todo. El primer corte que abordaron anoche Dan Bejar y sus Destroyer sonó francamente mal, como elefante en cacharrería: era como si el grandioso cinemascope de «The Same Thing As Nothing At All» no estuviera hecho para una sala como Jerusalem Club. Demasiado muro de sonido. El desajuste duró exactamente lo que tardó en comenzar la siguiente canción, «It Just Doesn’t Happen». Resonó rotunda, físicamente implacable, dictando su rítmica ley. Porque durante la hora y media de bolo, todas las composiciones susceptibles de ganar colmillo sobre el escenario, lo hicieron: «Tinseltown Swimming In The Blood», «Cataract Time», «Cue Synthesizer» o ese single perfecto que es «Hydroplanning Off The Edge Of The World». Seguro que el reciente Dan’s Boogie (2025) no es su disco más redondo, pero brinda al menos tres o cuatro tema que lucirían muy bien en un best of de unas veinte canciones.
Dan Bejar y Eleanor Friedberger: alianza celestial (Foto: María Carbonell)
La segunda de las preguntas: «¿no te cansas de ir a conciertos?». Me la formuló hace poco una ex novia a quien hace más de 25 años que no veo (quizá eso explique su extrañeza). Da igual el callo que tengas tras miles de bolos. No hay ni habrá inteligencia artificial que pueda suplantar algo como lo de anoche, penúltima cita española de esta gira de Destroyer: lo más parecido a una E Street Band del pop independiente, en versión indoor y reducida, que hayas podido ver en tu vida. Un vendaval. Un avasalle. Una escandalera. Hubiera sido criminal perdérselo. Arrolladores en «Bologna» o «Hell» – ambas con Eleanor Friedberger (The Fiery Furnaces) a la voz, sola en la segunda – , embriagadoramente seductores en «Times Square», «Kaputt», «Chinatown» o «Suicide Demo For Kara Walker», directamente sublimes en la romantiquísima «Travel Light». Todos a una, como una maquinaria de precisión, siete musicazos entre quienes vale la pena destacar las atmósferas creadas por el teclista Ted Bois, los redobles de batería de Joshua Wells, el sonido de la trompeta de JP Carter y el portentoso bajo del fiel coproductor John Collins. Y el aparentemente hierático Bejar, claro, poderoso sin necesidad de levantar su escasamente ortodoxa voz, convenciendo como sin apenas pretenderlo. No tiene carisma quien quiere, sino quien puede.
Dan y sus vasos de agua, carisma involuntario (Foto: María Carbonell)
Me acordé luego de la primera vez que pisé esta sala: hace justo 25 años, para ver a unos tales Pulp, que presentaban un disco llamado «Different Class» ante unas 300 o 400 personas, diría que menos de las que había anoche. Las canciones de Destroyer no acabarán congregando en un futuro, como las de Jarvis Cocker, a decenas de miles de personas en cualquier estadio, ese es un tren al que nunca subirán, pero creo que conciertos tan exquisitos como el de ayer (mejor aún que el que dieron en La Rambleta hace ocho años) perdurarán en el recuerdo de quienes tuvimos la suerte de dedicar a ellos nuestra tarde de domingo.
Estuve viendo a la norteamericana Valerie June el domingo pasado en la 16 Toneladas de València, y lo cuento con fotos de María Carbonell.
Frondoso colorido y hechizo roots para despedir inmejorablemente la semana (Foto: María Carbonell)
Qué voz. Y qué forma de modularla. Como una Eartha Kitt de la americana. Valerie June tiene ese pellizco que la aleja de cualquier catalogación meramente revivalista – aunque su música se nutra de materiales nobles – porque apenas necesita alzarla para seducir. Poco que ver con todas esas gargantas leoninas que han poblado las cubetas de las tiendas de discos (sección soul clásico pero del siglo XXI) en los últimos quince años. Derrocha simpatía, cercanía, encanto y una enorme seguridad en sí misma. Domina sus canciones y las conduce exactamente a donde quiere, empuñando banjo, ukelele, guitarra acústica o eléctrica.
Y nunca aburre, porque pasa del soul al doo wop, y de ahí al gospel, al bluegrass, al jazz en modo Nueva Orleans, al folk o al rock and roll fifties, sin revelar la fórmula de la pólvora pero también sin repetirse más de la cuenta ni renunciar a que sea su personal impronta la que barnice de identidad cada una de sus canciones, y no los géneros en los que las podamos encasillar. Un poco como pasa con M. Ward, que por algo es productor de su último y sexto álbum, el notable Owls, Omen and Oracles(2025).
Matt Marinelli, al bajo (Foto: María Carbonell)Casto Sánchez, a la batería (Foto: María Carbonell)
No se colgó el cartel de sold out en la 16 Toneladas el domingo pasado, por poco, pero no encontré a nadie que saliera de allí insatisfecho o defraudado. Diría que convenció a todo el mundo. A mí me pareció que fue de menos a más. Y con los mimbres mínimos pero precisos: Matt Marinelli al bajo y Casto Sánchez a la batería. Inmejorable forma de dar carpetazo a la semana y alumbrar una de esas tardes otoñales de domingo que, cuando éramos estudiantes (últimamente me acuerdo mucho de esto), nos sumían en una opresiva melancolía.
Estuve viendo a los californianos Crocodiles a su paso por el Loco Club de València. Un buen bolo, con aire a (bienvenido) inicio de curso, pero un pelín previsible y regresivo. La foto es mía (me declaro culpable)
El aura de Crocodiles se ha ido diluyendo desde aquel tiempo – final de los 2000, principios de los 2010 – en que irrumpieron como formación destacada dentro del panorama de revivalistas de cierta idea de rock de alto voltaje eléctrico sin desdeñar la impronta melódica, a medio camino del garage rock y del shoegaze. Cualquier asociación que nuestra mente pueda trazar entre su nombre y una idea de vanguardia, hype o frescura se ha ido disolviendo por el devenir de las modas y por el propio recorrido del grupo, que se ha ido volviendo más previsible (o previsiblemente clásico) con el paso del tiempo. También su presencia mediática se ha licuado. Se notó en la discreta entrada a su concierto en el Loco Club y también en su propio recetario, fiable pero sin margen para la sorpresa: llevan, además, un par de años sin publicar disco nuevo, desde un Upside Down In Heaven (2023) que ya hasta en el título recuerda a The Jesus and Mary Chain.
Me pasó con ellos lo mismo que cuando escucho recopilatorios de power pop de los setenta (Looking For The Magic, de Cherry Red, por ejemplo), y al llegar a bandas como The Meyce – tan influidas por MC5 y el proto punk en general – , se me hacen un poco de bola porque me parece que remitirse a esos referentes en pleno 1977 ya era de por sí algo regresivo (en comparación con lo que hacían los Shoes o Dwight Twiley), por muy seminal que fuera su aportación al género. Los Crocodiles, como si quisieran guiñarle al ojo a un tipo que, entre el público, llevaba una camiseta de The Libertines (el primer bolo de Pete Doherty y Carl Barât en Valencia, en Roxy Club hace 23 años, duró poco más de media hora), tampoco se explayaron en exceso, apenas una hora y pico. Poco que reprocharles: dispensaron entrega y diría que hasta entusiasmo, y lo cierto es que todos disfrutamos de su medida dosis de pildorazos de rock infeccioso y malsano, aunque el bis confirmó nuestra sospecha de que viven cómodamente instalados en un bucle temporal al que tampoco pretender aportar savia nueva, ni relectura ni actualización alguna: versiones de «1969» de los Stooges y del «Ça plane pour moi» de Plastic Bertrand. Ahí también me acordé (y perdón por la brasa memorística) de lo inanes y gratuitas que me parecían las versiones que Shed Seven y Ocean Colour Scene hacían, respectivamente, de «Jumpin’ Jack Flash» de los Stones (en el FIB 96) y «Day Tripper» de los Beatles (en Roxy Club en el 97). Por ejemplo.
Estuve viendo a los valencianos Gazella presentando su segundo álbum en el Loco Club, con los catalanes HEAL abriendo la noche, y lo cuento con fotos de Juan Pardo.
Tenía muchas ganas de ver a Gazella en su salsa. En un bolo propio, quiero decir. Como protagonistas de la noche. Hasta ahora, había podido catar su directo cuando abrieron para los británicos BDRMM en el Loco Club hace más de un año, cuando pasaron por el festival Deleste un poco después y cuando telonearon a Dean Wareham en 16 Toneladas, hace menos de dos meses. Me los perdí, por ejemplo, cuando tocaron en Spook: no sé si han sido una o dos veces. Resumiendo: fueron citas en las que no eran los protagonistas. En las que el tiempo, o las condiciones de sonido, o el horario, pueden no ser los idóneos. La inmersión difícilmente podía ser total, y es importante en un grupo de sus características. El calibre para medirles, insuficiente. Pero lo del pasado 23 de mayo fue otra cosa. Una presentación en toda regla. En su ciudad. Con un Loco Club hasta los topes, atestado de gente que había ido expresamente a verlos a ellos, y a nadie más. Otra cosa.
Raquel Palomino: la voz, el quejío, el duende de Gazella (Foto: Juan Pardo)
Este sí era un concierto que daba la medida real de su valía sobre un escenario, porque además presentaban su segundo álbum, el notable Vías(2025), que marca distancia respecto a su también notable debut y muestra que son cualquier cosa menos un proyecto acomodado o conformista. Y creo que fueron inteligentes a la hora de dosificarlo, porque son algunos de los cortes de su debut homónimo de 2023 los que mayor catarsis generan en directo, los más enmarañados y ruidosos, en contraposición a la cualidad etérea de composiciones como «Volver», «Solsticio», la preciosa letanía que es «Kim y Jimmy» o «Cielo gris», que tan pronto empezó a sonar generó algún comentario del tipo «esto es muy Radiohead» (lo dijo un chico que tenía detrás mío, y es así). Hicieron bien en ir destilándolas en el primer tramo de la noche.
Lluisen Capafons a la batería, Alba Raja a la guitarra y sintes y Mauro Llopis al bajo: Gazella a pleno rendimiento (Foto: Juan Pardo)
No hicieron lo mismo, lógicamente, con esa «Un lugar» que tenía todos los números de la rifa para acabar cerrando la noche: es digna de los Yo La Tengo más expansivos, sin exagerar. Hija de «I Heard You Looking», «Blue Line Swinger», «Miles Away» y todas esas hipnotizantes invitaciones a volarnos la cabeza tras más de siete, ocho, nueve o diez minutos de borrascas eléctricas y melodías para levitar que Ira Kaplan y Georgia Hubley nos regalan de vez en cuando. Y acentuaron su intensidad. Era lo suyo. Lo hicieron tras demostrar que cortes más morunos, como la morentiana/lagartijera «Espiral», que a mí me seducen menos cuando la escucho en casa, ganan muchos enteros en directo. Fue un concierto de nivelón, el mejor con diferencia que les he podido ver, y tuvo como prólogo a los barceloneses HEAL, también presentes este mismo fin de semana en el Primavera Sound (son del sello: proceden de North Estate o Wind Atlas, a quienes pude ver en el añorado Primavera Weekender), quienes me convencieron más por propuesta, presencia y sonido – esos noventa alternativos, los de June (¿alguien se acuerda?), Breeders o PJ Harvey – que estrictamente por canciones, que aún las veo muy por redondear, no por pulir, que su espinado perfil es parte del pack.