Nostalgia de los conciertos normales, sí. Pero también de cómo perdíamos a veces los papeles y enloquecíamos. Reproducimos este texto publicado esta semana en la Cartelera Turia.

Elogio y nostalgia del pogo machucho

La wikipedia, que es ese cuñado sabihondo a quien consultamos para evitar levantar el culo de la silla en busca de un diccionario, define el pogo como un baile caracterizado por saltos. Tan simple como eso. Dicen que es propio del metal, el punk el rock – así, en general – y el hardcore. Y que lo inventó (sin querer) Sid Vicious a finales de los setenta, en uno de los caóticos bolos de sus Sex Pistols. Es, en cristiano, hacer de peonza humana, brincando como un descerebrado/a y haciendo chocar tu propio cuerpo con los cuerpos de los demás, como polos magnéticos que se atraen y luego se repelen. Pero de buen rollo. Fomentando un sano sentimiento de comunidad, aunque uno pueda acabar con el labio partido o un esguince de tobillo. Daños colaterales de una refriega recreativa, en cualquier caso.

Como géneros musicales tan enérgicos como los arriba citados ni se crean ni se destruyen, sino que tan sólo se transforman, y además los cincuenta años son los nuevos cuarenta y los cuarenta son los nuevos treinta, es fácil toparse con cuarentones y cincuentones que se enfrascan en ese enloquecido cuerpo a cuerpo en cualquier concierto del ramo. Era fácil, queremos decir. Lo era hasta hace poco menos de un año. La estampa puede resultar patética, más si tenemos en cuenta que algunas caderas, algunos gemelos y algunos chasis, en definitiva, no deberían someterse a tal desgaste, que los años pasan para todos, aunque siempre nos veamos a nosotros mismos más jóvenes de lo que en realidad somos. Que lo que tiene gracia con veinte o veinticinco puede dar repelús con más de cuarenta. Como una cogorza extemporánea en una boda familiar, pongamos por caso.

Pero tal y como andamos de necesitados en cuestión de desahogos escénicos ante el desolador erial en que se han convertido nuestras agendas, a ver quién es el guapo que no siente nostalgia de aquellos brincos, aquel frenesí, aquella locura colectiva. Parece que, en lugar de un año y medio, hayan pasado lustros desde las últimas veces. Una eternidad.

A un servidor le rebosa últimamente el lagrimal al recordar las últimas ocasiones en que se dejó contagiar por la algarabía colectiva y se entregó al pogo indiscriminado aún a riesgo de su propia integridad física; que la otra, la moral, ya estaba arruinada. Y bien a gusto. A riesgo de incurrir en la compasión ajena, por suerte no hay grabaciones que lo testifiquen: ese engorro que nos ahorramos los baby boomers y demás generaciones anteriores a los millenials y a los Z. Qué alivio.

La última fue en noviembre de 2019, concierto de Idles en el Primavera Weekender de Benidorm. Pude ver algunas gafas de vista, botas y camisetas – tal cual – volando por los aires en un febril aquelarre que, para quienes aún no habíamos disfrutado del volcánico directo de los británicos, fue como uno de aquellos bautismos de fuego propios de la adolescencia, cuando descubrías a uno de esos grupos que te hacían sentir que la electricidad desbocada podía hacer que el rock pareciera algo sumamente peligroso, un agujero negro por explorar, aunque luego te dieras cuenta de que los peligros de la vida llegarían por otro lado.

La anterior (o sea, la penúltima) fue un mes antes, en octubre de 2019, algo más discreta y breve pero igualmente intensa: en la 16 Toneladas de València, el siempre hierático Lou Barlow nos daba el gusto de largarnos a bocajarro la batería de hits alternativos (por decir algo) con que sus Sebadoh emergieron como una de las fuerzas más infravaloradas del indie rock de la primera mitad de los noventa y más allá. Aunque solo fuera por unos minutos, cobró sentido aquello de “dame indie rock” cuando casi nadie sabía qué carajo era eso del indie rock. Aquel tribal sentimiento de exclusividad que se cura, por suerte, con la edad. Como tantas cosas. Bonito fue, en cualquier caso. Mucho.

Hay algo profundamente liberador en entregarse a un baile que, como el de San Vito, no requiere siquiera una mínima dosis de coordinación, ni de ritmo, ni de contoneo pélvico, ni de mojo, ni de sensualidad ni de cualquier atisbo de estilo. Ni de edad. Solo las ganas. El entusiasmo. El chute de adrenalina en vena. El rock como placentera droga. Con veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años. O con más. Lo echamos tanto de menos que hasta las rampas del día siguiente se recuerdan con cariño. O los arañazos, esas bonitas heridas de guerra. O la enternecedora estampa de un grupo de gente alumbrando el suelo con sus móviles, en busca de las lentillas de rigor. Reincidiremos. Seguro. Aunque sea con póliza de chasis a todo riesgo.

Carlos Pérez de Ziriza.

Publicado por ziriza73

Soy periodista cultural. Escribo en El País, Efe Eme, Mondosonoro, Cartelera Turia, el Hype, Beat Valencia, Música Dispersa y GQ España. Colaboro en À Punt. Escribo libros sobre música pop.

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